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Diciembre 2001 – 19/20


Veíamos venir esta efeméride, polisémica si las hay, pero se nos arrimó sin que hubiésemos preparado nada muy interesante, así que improvisamos un poco.

Las jornadas del 19 y 20 ya han generado toneladas de papel escrito y gigabytes de lo mismo. No pretenderemos ser ni originales ni exhaustivos.

Como hito histórico se lo ha leído en tanto clausura del período que arranca en Marzo de 1976, en lo político y, sobre todo en lo económico.

Como acontecimiento social, ha recibido explicaciones divergentes que centran su génesis y consumación desde “el palacio” o desde “la calle”. El Palacio y la Calle, tal el título del libro de Bonasso (santo a cuya devoción, sin embargo, no somos particularmente afectos), resume esa duplicidad de perspectivas. 19/20 fue, o bien una conspiración de un sector político y social que promovía la devaluación, y para ello activó resortes desestabilizatorios coronados por saqueos dirigidos desde la red política duhaldista del conurbano bonaerense; o bien se trató de una insurrección popular que impugnó el orden político y económico vigente, quedando trunca al no poder traducir la amplia movilización en organización social y política que cuestionara desde sus bases territoriales al sistema partidocrático.

Entre esas dos lecturas transitan todos los intentos explicativos de los hechos.

También esos días condensan el derrumbe de la experiencia de gobierno de la Alianza UCR-Frepaso. Tinta y gigas también han corrido analizándo lo ocurrido en ese período presidencial malhadado. Sobre sus posibilidades, sus promesas, sus debilidades, y en definitiva, sobre las decisiones económicas que realizó durante su gestión.

Humildemente creemos que la decisión de sostener a rajatabla el régimen de convertibilidad fue uno de los pilares fundamentales de su costoso fracaso. Cabe preguntarse si hubiera tenido la fortaleza política de formular una “salida ordenada” del esquema de caja de conversión. Cabe preguntarse si esa alternativa era considerada como tal para el dispositivo político que ocupaba la Rosada. Caben muchos y muchos interrogantes contrafácticos. En fin, aclaramos que no pretendíamos exhaustividad.

Para un pensamiento económico que se expresaba en los márgenes del discurso políticamente correcto, admitido, y digno de publicarse, la recesión iniciada a fines de 1998 indicaba el definitivo agotamiento de la convertibilidad. En tal sentido hemos querido mostrar algunos indicadores resultantes de la elección asumida por el Gobierno de la Alianza, expresada durante la campaña electoral de 1999, y luego a lo largo de toda la gestión: “la convertibilidad no se toca”. Consigna de la que no se movían ni los más progresistas del Frepaso, ni los más liberales del radicalismo.

Los resultados fueron éstos (click sobre la imagen para ampliar):

Las consecuencias:



Queremos concluir con una reflexión (ajena) sobre la llamada “crisis de representación” que fue puesta sobre el tapete de manera contundente por las jornadas de 19/20. Muchos creyeron atisbar a partir de allí nuevas formas de representación social y política. Asambleas de vecinos, cacerolazos, movilización de sectores medios atrapados por el corralito financiero, piqueteros emergentes de los más profundo de la pobreza, descrédito de casi todos los referentes políticos y gremiales que ocupaban la escena del momento, se resumían en una consigna retomada por la patria mediática y amplificada como quintaesencia de los reclamos populares: “que se vayan todos”.

Sabemos lo que vino luego, y cómo los excitados militantes de izquierda trosquista quedaban pedaleando en el aire cuando las asambleas que pretendían dirigir (vanguardia esclarecida al fin) iban mermando su concurrencia en correlación casi perfecta con la desorbitancia de sus propuestas.

Es un ejemplo, malicioso por supuesto, pero les cabe a todos quienes pretendieron discernir entre lo multiforme de las expresiones movilizatorias, algún sendero de reformulación radical del orden político (quede claro que quienes hacemos Datos Duros fuimos parte de ello, nos hacemos cargo, no pontificamos desde las alturas omniscientes).

Se trata, entonces, de un notable pensador anarquista francés, donde leímos (bastante luego del 19/20) lo siguiente:

Simple, como todos los fenómenos de la naturaleza, elemental, como el hambre o el deseo sexual, esta fuerza tiene como motor primario, como impulso original, el instinto de conservación de la especie, la necesidad de subsistencia, el aguijón del interés material1. Los trabajadores se movilizan, abandonan la pasividad, la rutina y el automatismo del gesto cotidiano, dejan de ser moléculas aisladas y se sueldan con sus compañeros de trabajo y de alienación, no porque un “conductor” los incite a ello, tampoco, lo más a menudo, porque un pensamiento consciente los despierte y fanatice, sino, simplemente, porque la necesidad los empuja a asegurar o a mejorar sus medios de subsistencia y, si éstas han alcanzado ya un nivel más alto, a reconquistar su dignidad de hombres.

Este movimiento existe permanentemente, en estado latente, subterráneo. La clase explotada no deja en ningún momento de ejercer una relativa presión sobre sus explotadores para arrancarles, en primer lugar, una ración menos mezquina, y luego un mínimo de respeto. Pero, en los períodos de baja, esa presión es sorda, invisible, heterogénea. Se manifiesta en débiles reacciones individuales o de pequeños grupos aislados. El movimiento de masas se halla atomizado, replegado sobre sí mismo.

Sin embargo, en ciertas circunstancias ocurre que reaparece bruscamente en la superficie, se manifiesta como una enorme fuerza colectiva homogénea, ocurre que estalla. El exceso de miseria o de humillante opresión, no sólo económica, sino también política, provoca en cada una de sus víctimas un grito tan alto que todas las víctimas se sienten gritando juntas –a veces, por otra parte, uno o dos gritos se adelantan a los otros, aun en el más espontáneo de los movimientos. Como decía un obrero: “Siempre hay alguien que comienza la espontaneidad”–; y la unanimidad de ese grito les da confianza en sí mismos; y su protesta se convierte en un alud, el contagio revolucionario se
extiende al conjunto de la clase.

Lo que confiere su particularidad al movimiento de masas es el carácter concreto, pero limitado, de sus objetivos. Inconsciente, al menos en sus comienzos, difiere por su naturaleza de las acciones de los grupos políticos conscientes, o pretendidos tales. Puede, en ciertas circunstancias, proyectar su impulso a través de un partido, pero aún así no se produce una verdadera fusión. El movimiento de masas continúa obedeciendo a sus propias leyes, persiguiendo sus fines particulares, como el Ródano, que luego de verter sus aguas en el lago Leman prosigue su propio curso. La disparidad entre los móviles de la acción de las masas y aquellos de los partidos políticos es el origen de toda suerte de errores y desencuentros, de tácticas y diagnósticos falsos.

En una revolución existen dos clases de fuerzas que pueden marchar juntas y aun asociarse, pero que no son de la misma naturaleza y no se expresan en el mismo lenguaje. Toda revolución parte de un equívoco, unos se ponen en camino hacia objetivos puramente políticos –en la Rusia de 1905 y 1917, por ejemplo, contra el despotismo zarista–, los otros se lanzan a la lucha por motivos bastante diferentes: en la ciudad, contra la carestía de la vida, los bajos salarios, los impuestos, incluso el hambre; en el campo, contra la servidumbre y los cánones feudales, etc. Puede ocurrir que los segundos, por una natural asociación de ideas, adopten momentáneamente la terminología de los primeros, les presten sus brazos y viertan su sangre por ellos. Pero no por eso el movimiento de masas deja de seguir su propio camino. Como ha hecho con ellos una parte del camino, los políticos se imaginan que el movimiento de masas estará eternamente a su disposición como un perro amaestrado, que podrán llevarlo a donde ellos quieran, hacerle aceptar lo que a ellos les convenga, aplacar su hambre o dejarlo hambriento, hacerlo avanzar, retroceder y volver a avanzar conforme con sus cálculos, utilizarlo, llevarlo a una vía muerta y sacarlo luego de ella para volver a utilizarlo. El movimiento de masas no siempre se presta para semejante gimnasia. Una vez puesto en marcha no permanece fiel si no se le es fiel, si no se avanza siempre con él, ininterrumpidamente y en la dirección que su instinto de conservación le indica.

La asociación de ideas que hace aceptar a las masas el lenguaje de los políticos es frágil. Muy poco hace falta para romperla, para anular el circunstancial acuerdo: a veces una simple pausa en la marcha que, aun si es estratégicamente hábil, puede quebrar el impulso de las masas. Tal político, que la víspera, con un gesto, una palabra, ponía en pie a cien mil hombres, al día siguiente gesticula en el vacío, sin que nadie le responda. Puede desgañitarse, la asociación de ideas ya no funciona, la confianza ya no existe, el milagro no se produce más. Decepcionado, el movimiento de masas jura que no lo volverán a estafar, se repliega sobre sí mismo, ya no está a la disposición de nadie.

Daniel Guérin
Rosa Luxemburg y la espontaneidad revolucionaria

Texto completo aquí

3 refutaciones:

Lucas Carrasco dijo...

Muy buena la cita, y bien aplicada. Sobretodo donde dice: "La disparidad entre los móviles de la acción de las masas y aquellos de los partidos políticos es el origen de toda suerte de errores y desencuentros, de tácticas y diagnósticos falsos". Me parece, sin embargo y siguiendo la historia contrafáctica, que el detonante fue el sostén de la convertibilidad, y que si se hubiese salido de otro modo, esa disparidad de móviles, posiblemente se dispersaba en sus núcleos más duros, se invisibilizaban otros y otros ni hubiesen existido. De cualquier manera, le digo que es d elos pocos economistas que le dan el valor que corresponde a la política.
Saludos.

Lucas Carrasco dijo...

Paso rápido, vine a saludar. Que tenga felíz navidad, seguramente los datos duros se aflojan un cacho en estas fechas.
Un abrazo.

Sirinivasa dijo...

Se agradece, hermano Lucas, la flojera es previsible, más luego de unos choris tostados por el humo que nos dejaron K.O. durante varios días.

Me halaga su comentario anterior. Y fíjese que curioso, sucede que no soy economista! (aunque reincido contínuamente en su estudio). Quizá sea por eso lo que Usté dice.

Buen año!