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Breves Citas de Cabecera

Hace poco la banda de Musgrave disparó una interesante controversia sobre el mainstream, vertientes del pensamiento económico, y el corpus neoclásico. No pudimos dejar de recordar esto:

Llevo muchos años trabajando como profesora de economía teórica. Quisiera creer que me gano honradamente la vida, pero con frecuencia me asaltan dudas.
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Estos jóvenes destacados que vienen a recibir nuestras enseñanzas ... regresan con frecuencia a su país para convertirse a su vez en enseñantes, y sus alumnos pasan también a ser profesores y ejercen influencia en el pensamiento a través de otros canales ... Cargamos con una gran responsabilidad. ¿No estaremos causando más mal que bien?
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Con frecuencia el estudiante serio se dedica a la economía impulsado por sentimientos humanitarios y por patriotismo: desea aprender la forma de escoger la política económica que aumentará el bienestar humano. La enseñanza ortodoxa desvía esos sentimientos hacia el inhóspito desierto de la Welfare Economics, un sistema de ideas basado en una psicología mecanic¡sta edificada sobre la base de una búsqueda del placer y un rechazo del dolor completamente individualista, algo que nadie considera como una explicación correcta de la naturaleza humana, servida a base de fórmulas algebraicas que ni siquiera pretenden ser aplicables a datos reales. A medida que va profundizando en la materia, lee algunos autores brillantes y sutiles que que derriban de su pedestal todo el planteamiento y demuestran del modo más concluyente que su metodología era inadmisible. Para la mayoría, la píldora resulta demasiado amarga y se aferran desesperadamente a algunos fragmentos de lo aprendido, ya que no se les ha ofrecido otro modo de formular los vagos sentimientos bienintencionadosque les impulsaron al principio.

El estudiante consciente también abrigaba la esperanza de aprender algo que le ayudase a tomar una decisión respecto al gran problema que se le plantea a todos los países en desarrollo ¿En qué medida pueden conseguirse los objetivos de la nación a base a un capitalismo de libre empresa?
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Pronto comienza a advertir que sin un sincero planteamiento previo de la cuestión, le están adoctrinando con nociones empapadas de laissez-faire.
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Una gran cantidad de tiempo se dedica a la teoría de los precios relativos ... el estudiante debe resolver ejercicios pensados para demostrar que, bajo tales condiciones, cualquier interferencia en el libre juego de las fuerzas de la oferta y la demanda perjudica a los individuos que componen el mercado ... Y si el estudiante serio se muestra empecinado y pregunta ... le ponen en ridículo: "¿No comprendes que se trata de supuestos simplificadores necesrios para realizar el análisis de los precios? Es imposible hacerlo todo de golpe".
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El prestigio de los profesores y los libros pesa mucho sobre el estudiante consciente. Aprende a desconfiar de su sentido común innato y a reprimir sus impulsos generosos. Se somete a un curso de educación engañosa y acaba no "tal como entró" sino en una salida que no lleva a donde él iba.
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Creo que debería intentarse destruir el respeto que imponen las fórmulas, no a fin de inducir un deslizamiento hacia el nihilismo intelectual, sino a fin de crear el hábito de desmembrarlas y recomponerlas de nuevo eliminando las ambigüedades y mantenerlas firmemente en su lugar como útiles complementos del sentido común, no como sustitutivos de éste.
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Una generación bien educada, resistente a los engaños, imbuida de la humildad y el orgullo de los verdaderos científicos, podría realizar aportaciones a los conocimientos y a la dirección de los asuntos económicos de las que nadie tendría que avergonzarse.

Joan Robinson
"La enseñanza de la economía"
en Ensayos Críticos

Dentro de la formidable inasequibilidad de muchos autores notables, serios y profundamente críticos del mainstream -contracara de la sobreabundancia mercachiflera de manualitos ad usum- este es un librito relativamente fácil de eoncontrar -y barato. Sin duda highly recomended.

“mami… veo gente muerta”


Mientras el amigo Lucas se castiga leyendo la revista Cabildo (tengo unos ejemplares viejos de “Alerta Nacional”, si los pide se los puedo mandar), nosotros encontramos una joyita.

Cuando subimos el post enterior, quisimos linkear alguna referencia existente en la web sobre el Coronel salvador de la clase trabajadora, y nos encontramos con esto. Imperdible. Tuvimos la misma sensación que el chiquitín de la peli cuando se cruza con las espectrales presencias de la historia.

Cuando éramos pequeños (¡ay, infancia perdida!), supimos escuchar sobre los periódicos homenajes que esta gente realizaba en el Cementerio de la Recoleta. Pasando el tiempo, conjeturamos que sus integrantes habrían cumplido con su ciclo vital. Cartas de lectores religiosamente publicadas en la Tribuna de Doctrina nos demostraban que aún resistían. Y ahora encontramos la página. ¿Viven? ¿Tendrán una rama juvenil que retome la menguante antorcha con nuevos y renovados bríos, al grito de “Cristo Vence”? Por lo pronto, están en internet (todo puede tener su lugar allí)

Sólo podemos constatar que su labor reafirmatoria no pareciera haber dado mayores frutos.

Como bonus va un afiche de campaña de 1958, que de yapa responde a Ana C. sus dudas sobre el porqué de asimilar ciertas conductas políticas a la de tan noble primate. Lamentablemente la definición de la imagen es bastante pobre, pero alcanza a leerse el “Llene el Congreso de Gorilas/Partido Revolución Libertadora”.

La desigualdad y el reparto de la torta

(largo, pero qué le voy a hacer, cuando me dicen “hacéla corta” me da sordera…)

Después de haber incursionado en desordenadas reflexiones sobre el ipc y cuestiones epistemo-sanatológicas, volvemos al ruedo con lo que sabemos hacer (al menos, eso creemos nos).

Veníamos anunciando que teníamos más Datos Duros en estado de cocción, de nuevo sobre la cuestión distributiva. De esto ya andábamos anticipando en varias notas anteriores.

Lo que nos preguntamos, ahora, es qué relación hay/ha habido, en el mediano plazo entre la desigualdad, medida por el Indice de Gini –a esta altura un amigo de la casa-, y la distribución funcional del ingreso, entendida esta como la participación de la masa salarial en el PBI.

Diríamos, entre distribución “primaria” y “secundaria” del ingreso.

Eso nos preguntamos. No se entusiasmen los potenciales/actuales lectores, no vamos a dar una respuesta exhaustiva a un interrogante tan envericuetado. No al menos una respuesta sustantiva, de cómo y en qué medida, cuáles son los hilos profundos que conectan ambas variables, formulitas y esas cosas.

Apenas contamos con algunos Datos Duros, con los cuales vamos a jugar un poco.

(Esto viene con muchos grafiquitos, por eso sería ideal algún recurso bloguístico para pasarlas como slides, pero lamentablemente por ahora está fuera de nuestro alcance.)

La primera constatación reiterar es que el Néstor redistribuyó. Cristina no sabemos aún si redistribuye, ya se verá.

Pero lo que sí es que durante la gestión anterior hubo una sensible, notoria y sostenida reversión de la desigualdad, y un considerable crecimiento de la participación asalariada en el PBI.

Veamos, para empezar, el caso de la desigualdad (click en la imagen para ampliar):



Clave de lectura: Lo que vemos aquí es la evolución del Indice de Gini entre Mayo de 1994 y el 1ºtrimestre de 2007. Cuando el índice aumenta, refleja un incremento en la desigualdad de los ingresos, y cuando cae revela una des-concentración de los mismos. Sus valores extremos, 0 y 1, corresponderían a ideales configuraciones donde todos tuvieran el mismo ingreso, o todo el ingreso fuera acaparado por uno solo, respectivamente.

Aclaración metodológica (omitir si se quieren pasar por alto tediosos detalles): ¿De donde sale esto? De la estratificación de los hogares ordenados según el Ingreso per Cápita Familiar, que se construye a partir de la Encuesta Permanente de Hogares. A modo de aclaración debemos decir que en 2003 hubo un sustantivo cambio metodológico en la EPH –y para mejor- que acota la comparabilidad entre esta nueva EPH, contínua, y la anterior EPH puntual. En rigor debiéramos separar ambas series, una con un color, otra con otro, y un huequín en medio, pero bueno, nos gusta más así. Otra cosa, la serie arranca en 1994 porque es a partir de allí que se tiene un dominio de estimación para el total de aglomerados relevados por la EPH. Esto es, que se pueden proyectar resultados fiables para el total de esa población.

¿Qué es lo que podemos sacar del gráfico? Primero que entre el 94’ y el 99’, medido entre puntas, el Indice de Gini creció aunque muy poco. No obstante se destaca que durante la gestión de Me#em –la parte abarcada por esta serie- el mayor crecimiento de la desigualdad se registró en el 98’, año de mayor crecimiento económico de la convertibilidad.

Luego, durante el Gobierno de la fallida y malhadada Alianza, se va todo por los caños, la desigualdad crece con vértigo imparable hasta llegar a sus máximos durante 2002, de la mano del colapso convertible-financiero. A partir de alli empieza a disminuir, y de la mano del Néstor baja, baja y baja, hasta llegar a valores inferiores a los registrados en los años convertibles (con lo cual sería inválido aquél aforismo de “¡Me#em volvé!”).

Punto. ¿Y cómo fue, por su parte, la evolución del reparto de la torta? Veamos el segundo gráfico (click para ampliar):


Clave de lectura: conceptualmente, sumamos todos los ingresos asalriados de trabajadores y empleados obtenidos mediando una relación de dependencia, sean en negro, blanco, gris o canela, y lo comparamos con el PBI. Ahí vemos qué porción de torta va a parar a los bolsillos de los laburantes.

Aclaración metodológica: Sobre los percances históricos de esta tradicional medida de la distribución del ingreso ya hemos comentado en nota anterior.

Como puede verse, entre el 93’ y el 2001, la curva hace una ‘U’, con la sima en el 97’ (en la misma nota anterior comentábamos sobre lo paradojal de que la recesión convertible 98-01 haga crecer la participación asalariada en el PBI). Se desploma con la devaluación salvadora de la UIA, y desde el 2003 crece que crece, solo que –¡ay!- aún por debajo de los máximos alcanzados en la era del bimonetarismo convertible. Y lejos también del fifty-fifty de los míticos tiempos del totalitario León Herbívoro.

Como lo que queremos saber es qué relación hay/no-hay/puede-haber entre ambos indicadores, ¿qué mejor que ponerlos a los dos juntos en un mismo gráfico? Como para husmear si viajan juntos separados, en direcciones opuestas, en fin, para ver qué pasa.

Veamos, pues (click sobre la imagen para ampliar):


Clave de lectura: poca cosa, son las dos curvas anteriores, sólo que “superpuestas”. En el eje izquierdo leemos el reparto de la torta, y en el derecho la desigualdad.

Aclaración metodológica: como la serie del Indice de Gini es más fina –tiene datos intra anuales- nos quedamos, para la EPH puntual, con el registro de Mayo, y para la contínua con las medidas del 1ºsemestre, como para no distorsionar demasiado. ¿Por qué Mayo? Porque en 1995 tenemos tabulados de ingresos sólo para esa Onda, y no queríamos dejar un hueco feúcho en la serie.

Antes de cruzar estos dos gráficos, la intuición ingenua nos invitaría a suponer que a mayor participación de los asalariados en el PBI, menor sería la desigualdad de inrgesos, no? Vemos que no. No sólo no siempre siguen ese recorrido, sino que en algunos tramos, como el 97-01, pareciera que ambos indicadores se aceleran al alza. Es decir, crece la porción asalariada de la torta, y a la vez, ¡aumenta la desigualdad!

Como decíamos en la –ya tan autocitada- nota anterior, en la recesión 98-01, el PBI cae más rápido de lo que lo hace la masa salarial. El ingreso real medio cae pero no tanto, ni tampoco desciende con tanta intensidad la tasa de empleo. De hecho, entre 1997 y 2001, la tasa de empleo oscila entre el 34% y el 36%, para llegar a Octubre de 2001 en 34% (masssomeno). La contracara es que el desempleo se va del 13% al 18% de la PEA.

Del 2003 en adelante, vemos cómo y de qué manera ambos indicadores se mueven ágilmente en direcciones opuestas. Aumenta la porción de torta de los trabajadores y disminuye la desigualdad.

Preliminar conclusión: una cosa no lleva a la otra (guau, qué profundo!). Podemos tener una alta participación de la masa salarial en el PBI, pero muy desigualmente repartida al interior de los trabajadores.

Ahora vamos a ir por más, pero paso a paso. Vamos a armar un Gráfico de dispersión: ponemos en un eje el reparto de la torta y en el otro el Indice de Gini, cada punto graficado va a representar la combinación de participación en el PBI y Gini en cada año. Es decir, cuando la participación en el PBI fue tanto, el Gini fue tanto otro y así.

Veamos como queda (click sobre la imagen para ampliar):



¿Qué tenemos? Una nubecita de puntos que aparentemente carecen de una pauta o tendencia bien definida. ¿Qué hacemos? Vamos a ajustar una recta, la mejor según comentan, al igual que hicimos alguna vez (regresión lineal le dicen en algunos barrios). Y Vamos a poner dos numeritos sofisticado que nos dicen en qué medida hay una correlación entre los dos indicadores, y cuánta determinación hay en la evolución de ambos en conjunto. Se trata del Coeficiente de Correlación r de Pearson, y de ése mismo r al cuadrado. Este numerito r varía entre -1 y 1, cuanto más se acerca a -1 va indicando una correlación negativa –uno de los indicadores aumenta cuando el otro disminuye-, cuando se arrima a 1 es una correlación positiva –aumentan o disminuyen tirando para el mismo lado. Y si anda cerca de 0 quiere decir que no tienen mucho que ver. Y el r al cuadrado… bueno, es un poco más que eso, pero lo dejamos ahí porque si no esto se va a hacer ilegible.

En fin, ¿qué encontramos con tanta sofisticación? Veamos (click sobre la imagen para ampliar)


La recta de regresión nos indicaría que hay una leve, levísima tendencia a que la desigualdad disminuya cuando aumenta la porción de torta de los asalariados. Los amigos r y r-cuadrado dicen con más rigor que la correlación y la asociación entrambas variables –considerando toda la serie de datos- es baja.

Claro, tanta sofisticación estadística puede hacernos olvidar con qué datos estamos tratando. Y que estamos analizando un período de tiempo tirando a lungo (14-15 pirulos). Y llamándonos a la realidad, podemos pensar que en todo ese período ha habido diferentes modalidades de crecimiento económico, cambios importantes en el mercado de trabajo y en la dinámica de los ingresos y etcétera. ¿No?

Así que, ¿qué tal si mejor no tiramos una líneas entre punto y punto siguiendo el orden de sucesión temporal en qué se dio cada combinación? Eso nos dará el recorrido que fue haciendo esta huidiza relación entre desigualdad y reparto de la torta.

¿Cómo quedará? Veamos (click sobre la imagen para ampliar):



Bué, esto es lo lindo de los Datos Duros, de a poco nos van “hablando” y sugiriendo cosas acerca de la nubosa realidad que abstractamente representan.

Lo que parecía una nubecita ahora se ve como un caminito, medio azarozamente recorrido pero que deja entrever algunos senderos más direccionados que otros.

¿Le agregamos un cartelito a cada punto para ver a qué año corresponde cada combinación? ¡Buenísimo! Queda así (click sobre la imagen para ampliar):



Ahora sí, nos frotamos las manos y creemos que podemos empezar a entender algunas cosillas.

- Entre el 94’ y el 96’ se achica feo la torta de los laburantes y a la vez la desigualdad desciende muy poquito.

- Entre el 96’ y el 2001 –con algunos desvíos pa’un lado y pa’l otro- crece la torta que se llevan los salarios y a la vez aumenta la desigualdad, y bastante.

- Entre 2001 y 2002… ya vemos, la porción de torta se achica violentamente y la desigualdad se profundiza (pregúntenles a Duhalde y De Mendiguren qué paso)

Lo interesante es que del 2002 al 2006, contínuamente y sin interrupciones ni desvíos, vemos que nuestros dos indicadores estrella van de la mano e inversamente. Va recuperándose la participción de los salarios en el PBI y se va reduciendo la desigualdad.

¿Cómo sigue esto? Vamos a segmentar este último gráfico. Vamos a ver por separado los tramos 1996-2001 y 2002-2006, aplicándoles lo que vimos de rectas erres y erres cuadrados.

Vamos con el tramo 1996-2001 (click sobre la imagen para ampliar):



Aquí tenemos, con el rigor estadístico, la tendencia aparentemente paradójica entre ambos aumentos, de la desigualdad y de la participación asalariada en el ingreso. Con r y r cuadrado de valores respetables.

Y con el tramo 2002-2006 (click sobre la imagen para ampliar):



Verdaderamente notable. Si nos pusiéramos serios y solemnes (y un poquín oficiosos) diríamos que:

El ciclo económico que se inicia luego de la devalución, y a partir de la gestión Kirchner, evidencia una fuerte asociación que registran la disminución de la desigualdad junto al aumento del peso en el PBI de la remuneración al trabajo asalariado, revelando un impacto en el mercado de trabajo y en la dinámica de los ingresos que se diferencia notoriamente de ciclos anteriores. (¡Tomá!)

¿Moraleja? La distribución de la creciente torta asalariada al interior del conjunto de los trabajadores es también cada vez menos desigual, lo cual también se verifica en la reducción de la desigualdad considerando el conjunto de todos los estratos sociales. Y es un verdadero cambio cualitativo con respecto a la década anterior.

Ibamos a terminar acá. Pero nos preguntamos, ¿adónde va a para esa recta que aparece en el grafico? O mejor dicho, ¿a cuál paraíso llegaríamos primero si –supuestas todas las condiciones ideales- esa tendencia se continuara sin interrupciones? ¿Al paraíso peronista de 1954, cuando la working class se llevaba el el 50% y chirolitas del PBI, o al paraíso igualitarista Gelbardiano de 1974, cuando el Indice de Gini de los Hogares según el IPCF –en el GBA- anduvo por el 0,259?

Vamos a extrapolar insensatamente esa línea hacia la izquierda del gráfico (lo cual carece de todo rigor, porque es una proyección que no tiene en cuenta esto y aquello, etc., etc. etc.).

Pero, ¿por qué no? Veamos qué queda (click sobre la imagen para ampliar):



Acordes finales: no nos dejemos engañar con el fifty-fifty populista de la distribución funcional, reclamemos un Gini de 0,259 de la estratificación según niveles de ingresos. Vamos por más, ¡¡¡queremos el 54% de la torta!!! (y más también) ¡Gelbard sí, otro no!

El termómetro, la fiebre y las analogías


Reflexiones desordenadas, quizá cayendo en excesos.

La opinión económica suele incurrir –muy habitualmente- en analogías medicinales, médicas, biologicistas al fin. Una de ellas es asimilar la evolución de los precios con una suerte de “fiebre” inflacionaria que sufriría la actividad económica. El instrumento de medida -el termómetro- estaría dado por el IPC, índice de precios al consumidor.

Cuando comenzaron los conflictos en el INDEC –organismo oficial responsable de la medición- los analogistas se hicieron su agosto.

“En vez de combatir la fiebre, el Gobierno rompió el termómetro”.

Todo comenzó con “cambios metodológicos” realizados en los componentes y las ponderaciones del IPC. No casualmente el inicio de aún inconclusa novela coincidió con un período de aceleración de la inflación. Ello motivó que la oposición política expresada en sus distintas facetas –partidarias, mediáticas, consultorías privadas, fundaciones e tutti quanti- se amontonara en la puerta del festín. Frotándose las manos, sus bocas chorreantres de saliva pavloviana, afilando el cuchillo con la chaira.

El Gobierno autoritario, hegemónico, pisoteador de instituciones, en fin, repugnante (¡puaj!), de Néstor Kirchner, habría mostrado así la hilacha. Matando al mensajero en vez de adoptar “correctas” políticas antiinflacionarias (se entiende: ortodoxia monetaria, fiscal –más-, de ingresos, y cambiaria, eliminación de “distorsiones impositivas”, etc.).

Entonces, de guiarse por la opinión publicada, la opinión paralela, la opinión blogueril, etc., etc. el actual IPC carece de credibilidad alguna.

En seguida, desde diversos sectores privados, académicos, y hasta gubernamentales, se buscaron sustitutos del termómetro perdido.

Deflactor del PBI, gap entre recaudación y evolución del nivel de actividad, Indice de precios mayoristas, precios al consumidor de otras provincias, precios de supermercados, etc., etc.

Luego, se profundizaron más todavía los conflictos dentro del INDEC.

Saltaron chispas entre funcionarios nacionales y organismos estadísticos provinciales.

Esos otros indicadores cayeron también bajo sospechas de manipulación o adulteración.

Predeciblemente, diversas consultoras privadas vieron el nicho y se lanzaron a realizar relevamientos propios. Ecolatina, Equis, y quizá haya otras. (¿Contarían con buena espalda financiera como para emprender rápidamente tarea semejante, no?)

No vamos, hoy, a meternos a opinar demasiado sobre la naturaleza del conflicto del INDEC y demás [ver nota final].

Consecuentemente, nadie sabe hoy en la Argentina cuál es la inflación. Nadie. Repetimos, pese a las diversas estimaciones y mediciones privadas, nadie lo sabe a ciencia cierta y con autoridad incuestionable.

Artemio dirá 15, Ecolatina dirá 23, Elisa Carrió dira 40. ¿Quién da más? ¿Quién da menos?

Ahora, algunas de estas varias opiniónes fundamentadas en mediciones privadas (todas menos transparentes de lo que era el INDEC), dicen que la inflación se estaría desacelerando.

A ver, pese que no hay medida fiable e incuestionable sobre el IPC, este –si se midiera adecuadamente- mostraría una desaceleración.

¿Cómo era lo del termómetro y la fiebre?

El otro día Rollo decía lo siguiente:

“no es obvio que se espere para 2008 una inflación de 20%: si es así, habrá que preguntarse si la manipulación de los índices no tuvo finalmente el efecto buscado de instalar la idea de una inflación más baja que la real”

(¡Toda esta larga reseña al fin para llegar a este punto!)

Cuando yo tengo fiebre, veo el termómetro en una cierta medida. Pero la alta temperatura que veo no me provoca mayor fiebre aún. Como sí ocurre con el IPC cuando su crecimiento supera ciertos umbrales que nos llevan a que la inflación se retroalimente.

Roto el termómetro, la fiebre no sube ni baja por ello.

El instrumento de medida es independiente del fenómeno observado.

Descreído el IPC-GBA que mide el INDEC, lo que hay es incertidumbre, “sensaciones térmicas”, y un buen negocio para Equis, Ecolatina et alius. Nada más.

La medida del IPC actual, y la medida del IPC del mes que viene, no son independientes.

No hay termómetro. No hay fiebre. No hay analogía.

Hay IPC-GBA, incertidumbre y medidas altenativas.

Cuando Moyano, por decir, se sienta a la mesa no lleva –por cierto- una carpeta con el IPC-GBA del INDEC. Tampoco va con el 40% golpista de Elisa Carrió.

En economía, tanto y más que en la física cuántica, el principio de las mediciones es la indeterminación.

Para una medida exacta del PBI habría que detener el tiempo y dedicar a la medición una magnitud de recursos infactible. Para una medida exacta de los precios también. Todas son groserísimas estimaciones.

Un décimo más o menos quizá carezca de sentido. Por mucha teoría estadística sofisticada que apliquemos.

(¡Ni hablar de las “encuestas de opinión”!)

Si se quiere saber la posición de una partícula hay que olvidarse de conocer su velocidad.

La medición altera conceptualmente el objeto que se mide.

Sólo contamos con gruesas estimaciones. Y flacas tendencias a partir de ellas.

Pareciéramos esquizofrénicos. Con estos planteos cavamos nuestra propia fosa. Si es que aquí nos preciamos de tratar con Datos Duros.

Es que se trata de no fetichizar analogías ni medidas. No fetichizar, eso es.

Saber en qué medida estamos diciendo algo verdadero cuando afirmamos “A es X”, “B creció Y”, “C es el Z% de D”

Lo sabemos, hay registros administrativos que gozan de la precisión y la exactitud. El Merval es un indice de llana objetividad. Los registros contables a veces no tanto. ¿El IPC? Teoría muestral con supuestos convencionales acerca de sus ponderaciones. ¿El PBI? La sombra borrosa de un elefante cuántico del que queremos averiguar la masa (con perdón de los honestos sectorialistas del INDEC).

[Nota: Diremos sólo que nos resulta absolutamente incomprensible y absurdo lo hecho por el Gobierno Nacional en el INDEC. Ni desde el puro cálculo político se entiende a santo de qué pagar semejante costo político, cuando la ganancia no se vé por ningún lado. En la Argentina –creemos humildemente- se podía perfectamente asumir una inflación del 10-15%. Alta, y algo más si se quiere. Cinco años creciendo a tasas inéditas podían tranquilamente justificar un crecimiento de precios tal. Ocurrió en todos los países que tuvieron/tienen procesos de crecimiento acelerado. Se dirá los bonos indexados por CER. ¿Acaso estábamos con dificultades financieras que situaban al Estado Nacional al borde del default? ¿Conspiración de “los troscos del INDEC” con los tenedores de bonos? Claro, también el Plan Andinia y el OVNI que los EEUU tienen escondido en el desierto del Mojave. El saldo es que quedó demolida la credibilidad en cualquier otra cosa que pueda producir el INDEC. Cuando precisamente, y hasta el conflicto, podía mostrarse un amplísimo abanico de indicadores positivos para la gestión gubernamental, producidos justamente por el organismo. Ahora no sólo ha disminuido sensiblemente la calidad de la información provista por el INDEC, en términos generales, sino que la cuesta a remontar si se quisiera recuperar la credibilidad perdida es enorme. Tampoco diremos que el INDEC “anterior” era un dechado de pureza técnica y transparencia republicana. No lo era. Elémaco ayer mandó un post que –para nosotros- es ejemplificador de cómo funcionan ciertos estamentos –gubernamentales, académicos, profesionales- conformados por los remanidos “técnicos prestigiosos”. Véanlo, no sólo porque nos cita (jé), sino porque reclama un conocimiento que debiera ser público: metodologías, sistema de procedimientos utilizados, detalles finos de cómo emplear ciertas mediciones, etcétera largo. Nada cuesta que esas cosas, que le complican la existencia a cualquier usuario potencial de fuentes primarias, fueran más públicas, más accesibles. En eso se comportan como gremios medievales, por muy progresistas que posen algunos. Y cuando alguien, Elémaco, yo, usted, un estudiante, cualquiera, quiere acceder a ese saber, que es público, producido con recursos públicos, patrimonio público, lo que sucede es que tiene que ir a comprárselo a otro lugar a esos mismos “técnicos prestigiosos”. Fin.]

Breves Citas de Cabecera

Hemos leído varias cosas (por ejemplo esta, esta y esta) sobre el notable caso de Jérome Kerviel, el “aplicado muchacho” que le hizo un agujero de u$s 5.000 millones (las cifras varían) al prestigioso banco Société Générale. Y nos hizo recordar esto que –sin mayor creatividad- llamaremos Teoría de los Ciclos de las Estafas:

"Para un economista, la estafa es el más interesante de los crímenes. Es la única ratería susceptible de ser fijada sobre un parámetro de tiempo. Pueden pasar semanas, meses e, incluso, años, entre la perpetración del crimen y su descubrimiento … En un momento dado cualquiera existe un inventario (por hacer) de estafas no descubiertas en los bancos y otros diversos negocios del país. Este inventario quizá debiera llamarse “cartera de estafas”, al igual que “depósitos”, “cartera de valores”, etc.; asciende en cualquier momento a muchos millones de dólares y sus variaciones siguen fielmente los movimientos de la coyuntura. En los buenos tiempos el públic vive relajado y confiado; el dinero es abundante. Mas aunque el dinero sea en efecto abundante, siempre hay muchas personas que necesitan más. En estas circunstancias la tasa de estafas aumenta, la tasa de descubrimiento de estafas baja y la cartera de estafas se incrementa rápidamente. En tiempos de depresión todos estos fenómenos se producen a la inversa. Se vigila el dinero con ojos llenos de recelo, atención y sospecha. El hombre que lo maneja es considerado deshonesto por definición mientras no demuestre lo contrario (y, a veces, aunque lo demuestre). Se revisan las cuentas con meticulosidad y severidad. La moralidad comercial sale extraordinariamente gananciosa. La cartera de estafas se desinfla.

Y de la misma forma en que el auge aceleró la tasa de crecimiento, así también el derrumbe precipitó la tasa de descubirmiento. En pocos días, lo que había parecido una universal confianza se trocó en algo semejante al recelo universal.. Inmediatamente se ordenó revisar las cuentas … el hundimiento del valor de los títulos descubrió a los empleados que habían estafado para jugar al mercado y los dejó sin redención posible … confesaron."

John Kenneth Galbraith
El crac del 29, 1951

Si lo ve por ahí, cómprelo, es un pequeño libro que se lee como una novela de intriga y suspenso. Notable Galbraith como escritor, con mínimos datos técnicos de lo que era el NYSE por entonces, y un trabajo de archivo más periodístico que otra cosa, nos lleva paso a paso, hasta seguir casi día a día, las vísperas del Jueves Negro. Una joyita.

El circo político porteño y una nueva zoncera


Un buen amigo de Datos Duros con quien compartimos sabores y sinsabores de la Argentina presente, nos hizo llegar la siguiente nota diciéndonos que "No sé si está bien... leí el diario, me calenté, la escribí". Como no encontramos en ella nada que no estuviese bien, y coincidimos 100x100 con lo expresado, acá la subimos con la anuencia de su autor, el amigo y compañero Horacio Bouchoux

"En una reciente entrevista concedida al gran diario argentino, el actual Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Ingeniero Hernan Lombardi, propone livianamente la creación de un circo desde el cuál contratar a los chicos de la calle “que hacen piruetas en las esquinas”. No es necesario escarbar demasiado para encontrar cuál es el lugar que este señor asigna a las expresiones de los sectores populares: ser una atracción circense, una diversión exótica para entretener a los hijos de las familias de barrio norte.

Esto, que parece grotesco y escandaliza menos de lo que debería escandalizar, no es otra cosa que una explicitación –burda, por otra parte- de la ideología que subyace en el discurso de los sectores que hoy se autoproclaman como los defensores de la república: un retorno a la más rancia tradición del liberalismo argentino, para el cual el otro (llámese este gaucho, indio, inmigrante o cabecita negra) siempre estuvo más cerca del mono o del elefante que del humano civilizado del que se pretende encarnación absoluta.

A su vez, si uno combina este tipo de definiciones con aquellas que rodean el debate acerca de la “inseguridad”, o incluso con las distinciones acerca la capacidad de elección de los sectores populares (suburbanos o rurales) respecto de la de los sectores medios-altos, (cultos y urbanos), enseguida queda al descubierto qué tipo de república propugnan estos nuevos demócratas: una pseudorepública segregada, en la cuál los privilegios de unos pocos estén garantizados por una nueva variante de apartheid constituido por circos, cárceles y derechos diferenciados de acuerdo a la condición social. Otra propuesta del flamante gobierno porteño es más que gráfica en este sentido: la atención diferenciada en los hospitales en virtud del lugar de residencia no permite dudas respecto de a quienes corresponde, según estos republicanos, el usufructo de los sistemas de atención estatal.

Este discurso, en el fondo, no presenta demasiadas novedades en la historia de nuestro país. Como decíamos antes, para el liberalismo argentino el otro siempre fue un ser privado de derechos y garantías. Desde el discurso higienista de fines del siglo XIX, pasando por la calificación de “aluvión zoológico” para quienes entraron a la historia el 17 de octubre del 45, hasta las políticas de exterminio implementadas por la última dictadura militar, se dibuja una línea de continuidad que promueve una república para pocos a costa de la exclusión de las mayorías.

Lo que es al menos novedoso, es la actual pretensión de desideologizar este planteo profundamente ideológico y reaccionario, naturalizándolo y/o disfrazándolo de simple pragmatismo. En el reportaje citado al comienzo, el Ing. Lombardi se autodefine como afiliado al “PC... partido de lo concreto”. Como complemento, en la misma edición del tradicional matutino porteño, la Dra. Carrió plantea que “el problema de la Argentina no es ideológico, sino moral”, párrafos antes de explicitar que no va a confrontar con Macri “porque es opositor...”.

La coincidencia de estos planteos parece una rémora tardía del relato acerca de la “muerte de las ideologías” de los noventa, que no pretende otra cosa que velar lo que realmente está en debate en la Argentina actual: qué sectores sociales deben ser los principales beneficiarios del crecimiento económico y qué rol le cabe al estado (y a la política) en ése debate. Aquellos que propugnan con mayor o menor sutileza el circo o la cárcel para los sectores populares, están tomando partido claramente en esa discusión: están diciendo que los beneficiarios del crecimiento deben ser los mismos que se beneficiaron durante un cuarto de siglo de neoliberalismo y que el estado debe ser el garante, por diversos medios, de la desigualdad social. Aquellos que (desde un pretendido “progresismo”) cuestionan la capacidad de decisión de los sectores populares, profundizan ese camino, promoviendo que la actual desigualdad social se perpetúe en desigualdad política.

Pretender que este debate no es un debate ideológico es una inmensa falacia o, como diría el maestro Jauretche, una nueva Zoncera. Una zoncera que viene a agregarse a la larga lista promovida por el liberalismo argentino desde hace más de un siglo. Una hija más de la madre de todas las Zonceras, “Civilización o Barbarie”.

Mientras tanto, y ante tanta confusión promovida desde diversos medios políticos y periodísticos, estamos aquellos que creemos que la actual coyuntura de crecimiento se debe profundizar con una mayor inclusión social y política de los sectores populares, y que el estado debe ser quien garantice este camino.

Para esto, sería bueno poner cada cosa en su lugar: que los dinosaurios vuelvan a los museos y que los circos abran sus puertas, no a los chicos, sino a los gorilas."

Lógica ortodoxa (p y ~~p)

Alguna vez confesamos de nuestro hábito matinal de la radio -sintonía AM a muerte- y de cómo nos castigábamos con ciertos programas de cierta emisora, donde la profesión de fe conservadora, neoliberal y ortodoxa, desconoce de dudas o vacilaciones. Al contrario, nada hay en la realidad que ponga en cuestión sus pilares doctrinales. Todo insumo del mundo de la praxis no hace sino confirmar los postulados admitidos inconmovibles.

Ayer hablaban del conflicto por el que atraviesa la otrora línea de bandera, y orgullo nacional, Aerolíneas Argentinas.

Como siempre, estos muchachos, antes que hollar en la superficie de los hechos, y sumergirse en los antecedentes e historia de la realidad descripta, van a buscar en las best practices de otros lugares. Nunca, ni por asomo, se les pasa por la cabeza bucear un poco en los actores presentes y en los elementos concretos de la realidad bajo análisis, para buscar qué caminos de solución serían los factibles y posibles. Resultados que serán subóptimos, como ocurre siempre con los problemas reales.

No. Los muchachos se dedicaron a enumerar qué cantidad de empleados por avión en operaciones tienen distintas líneas aéreas. Dicen ser serios, pero la muestra en realidad era chica, dos o tres casos, sin acaso mencionar los extremos ni promedios, ni medianas del sector a nivel mundial, como debiera -intentar al menos- hacerse si se pretende un mínimo de rigor. Quizá los casos citados fueran los de mayor eficiencia, o no, qué más les da.

En definitiva, luego de mencionar los datos de dos o tres casos, concluyeron -¿triunfales?- rematando: "Bueno, Aerolíneas tiene tantos" (pongamos 20% o 40% más).

¿Conclusión? Agárrese fuerte.

"Entonces, en Aerolíneas... sobra gente" (!?!?)

¿Entendió bien?

¡¡¡No dijo "En Aerolíneas faltan aviones", dijo "sobran trabajadores"!!!

Increíble. De veras que se aprende escuchando cosas tales.

Uno no quiere ni imaginarse qué harían, por ejemplo, un suponer, personajes mediáticos como estos, si tuvieran la responsabilidad de administrar, digamos, sólo por decir, los Hospitales de la Provincia de Buenos Aires.

Si la cantidad de pacientes excede a la capacidad de atención de los Hospitales, entonces, sobran enfermos?

Si la cantidad de enfermeros y personal paramédico por cama es exigua, entonces, sobran camas?

Si la cantidad de médicos con salario básico de $1.500 y dedicación exclusiva es escasa, entonces, los que están deberían trabajar el doble?

Digamos, sólo por poner un ejemplo, traído de los pelos, que nada tiene que ver con la realidad, de ninguna manera.

En fin, el Axioma fundamental de la lógica ortodoxa sería así: "si se le suministra al enfermo una dosis de medicamento, y éste no mejora, entonces... duplíquese la dosis"

Breves Citas de Cabecera

En estos días, con el festival de gasto que se avizora en EEUU para combatir la inminente y amenazante recesión, se ha oído hablar mucho de él. Nosotros que tanto nos empecinamos en nuestra mirada periférica y provincianista, también nos acordamos. No tiene que ver con la recesión, sino con otra cosa. Se nos ocurrió titularlo Nostalgias del Colonialismo Británico:

“¡Qué episodio más extraordinario en el progreso humano fue la ápoca que terminó en agosto de 1914!

El habitante de Londres podía pedir por teléfono, mientras saboreaba su té matinal en la cama, los productos más variados procedentes del mundo entero, en la cantidad que desease, seguro que, dentro de un tiempo razonable, dichos productos estarían a la puerta de su casa; podía al mismo tiempo y por el mismo medio invertir su fortuna en materias primas y nuevas empresas en cualquier región del mundo, y participar, sin gran dificultad y sin problemas, de los frutos y ventajas de esos negocios; o, en fin, podía ligar la seguridad de su fortuna con la buena fe de la comunidad de una honesta municipalidad en cualquier continente, según la recomendación de los servicios de información.

Del excedente de bienes de capital acumulados por Europa, una parte sustancial era exportada, donde la inversión de dicho excedente hizo posible el desarrollo de nuevos recursos, alimentos, materiales y medios de transporte, y, al mismo tiempo, capacitó al Viejo Mundo para reclamar una participación en la riqueza natural, y en las potencialidades del Nuevo Mundo.

El Viejo Mundo empleó en forma sumamente prudente el tributo anual que tenía derecho a percibir.

La gran parte del dinero recibido como interés que se fue acumulando en concepto de estas inversiones en el extranjero fue reinvertida y nuevamente se fue acumulando

La prosperidad de Europa está basada en el hecho de que, debido a la enorme cantidad disponible de alimentos que ofrecía América, Europa pudo comprarlos a precios más bajos, en comparación con el trabajo requerido en la producción exportaciones, y gracias a ello, como resultado de las inversiones previas de capital, tenía derecho a una considerable cantidad anual sin pago alguno en retorno”

John Maynard Keynes
Las consecuencias económicas de la paz, 1920

Pensando en los TDI, ¿Don RaúlPrebisch fue especialmente lector de Keynes, no?

Fifty-fifty: ¿si la torta crece, comemos más?

Comenzamos con los prometido/anunciado.

Leíamos en un diario viejo, entre diversas declaraciones del ex-presidente Néstor, lo siguiente:

“Estamos recuperando la clase trabajadora, ya estamos en una participación del 42% de la riqueza, y queremos llegar al 50%” (BAE, 05.12.07)

¡Notable! El Néstor apuntaría a recuperar aquél fifty-fifty, ése que supo ser bandera en tiempos del General, consigna en tiempos de resistencias, y vetusto recuerdo de memoriosos en tiempos no tan lejanos.

También escuchamos alusiones del mismo tenor cuando anduvimos por acá.

Encima habíamos colgado una nota donde hablábamos precisamente de “volver a Perón”, y héte aquí que el mismísimo Néstor nos gana de mano y sale con lo del fifty-fifty (nuestra nota era del 07.12 y los dichos del ex-presidente del 05.12). Queríamos correr por izquierda y ¡ya nos habían copado la parada!

Pero bueno ¿de qué tratamos con esto de la distribución “primaria” y “secundaria”? ¿Son indicadores contrapuestos, independientes, complementarios? Recapitulemos brevemente.

La distribución primaria o funcional del ingreso “representa el modo característico de asignación de la renta nacional entre los partícipes principales (trabajadores y capitalistas)”, de modo que “el estudio de la asignación de la riqueza generada en la sociedad capitalista debe partir de la identificación de la proporción en la que el ingreso total se reparte entre asalariados y capitalistas, esto es, su distribución funcional (o primaria). Tradicionalmente, el indicador por excelencia es la participación de la masa salarial total en el ingreso susceptible de ser distribuido”. [1]

[1]: Lindemboim J., Graña J., Kennedy D. - Distribución funcional del ingreso en Argentina. Ayer y Hoy. CEPED-FCE-UBA, 2005 (ver documento aquí)

Bien, entonces –y simplificando- si la torta es el PBI, la porción que se llevan los asalariados está constituída por la masa salarial percibida a lo largo del año de referencia. El “resto” –que no son ingresos de trabajadores asalariados- es el excedente (o superávit bruto de explotación). Ese excedente es apropiado por las empresas que lo emplean para remunerar a los otros “factores de la producción”, para invertir, pagar intereses, etc.

Bien, ¿qué nos ha deparado historia económica al respecto? Aquí ya se suscita el primer problema. Las estimaciones fiables de un indicador tan importante, como el que nos ponemos a consideración, adolecen de enormes huecos, avatares de nuestro vapuleado historial estadístico, razones políticas y demás, todos puntos sobre los cuales Lindemboim et alius, en el documento citado, formulan atendibles hipótesis.

La cuestión es que, en lo que a información oficial refiere, se dispone en principio de la serie 1950-1973 publicada por el BCRA, y de la nueva serie 1993-2006 producida esta última por el INDEC como Cuenta de Generación del Ingreso. En el medio un vacío, completado sólo parcialmente por diversos estudios privados y académicos.

A lo mencionado se suman variedad de sutiles cuestiones metodológicas que dificultan la comparabilidad entre las diferentes estimaciones (volvemos a remitir al documento citado para introducirse en la complejidad de la cuestión). Digamoslo así: en un mercado de trabajo ciento por ciento formalizado, en blanco, y con registro centralizado de cada puesto y de cada trabajador, estimar este indicador sería trivial, sin dudas. Pero claro, la economía real no es esférica y sin roce, la nuestra en particular adolece de un 40% de asalariados en negro, descentralización de registros, economía informal, cuentapropistas y un largo etcétera. Con lo cual, toda estimación de este indicador lo es tal en grado sumo. Diversidad de fuentes, hipótesis y supuestos determinarán diferencias a la hora de evaluar las estimaciones disponibles para diferentes períodos.

También es importante cuál es el denominador utilizado. Porque hablar del ‘PBI’ no es una referencia unívoca. Según con qué criterios hemos estimado adecuadamente la masa salarial, no es lo mismo compararla con el PBI a costo de factores, a precios de mercado, a precios básicos, con el Valor Agregado Bruto, en fin. Si bien en la teoría todas estas medidas equivalen y la relación entre ellas es simple, nuevamente le estimación de las cuentas nacionales tiene sus bemoles. No vamos a profundizar más en algo que seguramente algunos la tienen mucho más clara que nosotros.

Dadas las circunstancias, lo mejor –y único- que tenemos a nuestro alcance es juntar algunas de las series disponibles –truncas, parciales- y superponerlas, tendremos diferencias y huecos, pero podremos al menos apreciar algunas tendencias.

Veamos en el siguiente gráfico (click sobre la imagen para ampliar)

Así, en seis rayitas coloreadas tenemos resumida más de cincuenta años de historia de la clase trabajadora argentina.

La mayor participación que tuvo la masa salarial en el producto –que fue en 1954, llegando al 50,8%- ocasiona la remembranza del “fifty-fifty”, mentado como paradigma del reparto peronista (populista, demagógico, puaj). De allí, Libertadora y Frondizi-Alsogarayes mediante, se desploma hasta el 37,7% en 1959.

Con vaivenes, pero sostenidamente, fue recuperándose hasta rozar el 47 %, durante la primavera gelbardiana. Para trastabillar en 1975 de la mano de Celestino y el Rodrigazo y luego hundirse sin remedio a partir de 1976 con las bayonetas. Desde allí fluctúa violentamente de crisis en crisis hasta 1987. Entre ese año y 1993 tenemos un agujero negro. Y desde el 93’ en adelante tenemos dos series de estimaciones –hay más- para evaluar tendencias y comparar.

Desde 1993, con la convertibilidad ya establecida y el ajuste estructural rampante, se ve una contínua declinación, profundizada en 1995 de la mano del taquila. De allí serpentea al alza, se derrumba con la crisis de 2001/2002, y de nuevo vuelta a empezar. Desde el fondo del pozo, y con el Néstor, crece y crece.

¿De qué dependen entonces estas fluctuaciones? Sumariamente podemos señalar los siguientes factores (llamaremos w/p a la participación de la masa salarial en el PBI):

Nivel de empleo: suponiendo el producto real y los salarios reales permanecen constantes (o con iguales variaciones, que a estos efectos es lo mismo), tenemos que a mayor empleo asalariado, mayor participación del salario en el producto. Simplemente aumenta la cantidad de trabajadores perceptores de salarios, con lo cual crece w/p. Y, por supuesto, lo contrario ocurre viceversa.

Tasa de asalarización: suponiendo constante todo lo anterior, cuanto mayor es la cantidad de ocupados que obtienen sus ingresos del trabajo asalariado, mayor también será w/p. En una sociedad donde la relación salarial no fuera predominante –mayor parte de economías familiares y de subsistencia, empresas pequeñas con trabajo familiar, cuentapropismo, etc.- w/p será menor, pero porque es reducido el componente de ocupados que obtiene su ingreso de un salario.

Salarios: suponiendo constante el empleo y la asalarización, para que se incremente w/p no sólo debe aumentar el salario real (w), sino que debe hacerlo más rápido que el crecimiento del producto (p).

Salvo la tasa de asalarización, que es relativamente constante, el PBI y las otras dos variables pueden modificarse a la vez en diferentes sentidos, de modo tal que ver la sola fluctuación de la relación masa salarial/producto no nos informa sobre sus causas. Siempre debiera contrastarse con la evolución de los tres indicadores mencionados.

Un ejemplo:

Suponiendo el producto constante, puede caer el empleo pero aumentar los salarios. De esa manera se abren tres escenarios:

1 – Aumento de w/p: debido a que el aumento de salarios compensa y escede la merma en la cantidad de trabajadores

2 – Disminución de w/p: debido a los salarios no aumentan lo suficiente como para compensar la disminución de la cantidad de trabajadores

3 – Permanece constante w/p: porque el aumento de salarios compensa la menor cantidad de trabajadores perceptores de salarios

De esta manera, con el PBI, el empleo y los salarios, variando en distintos sentidos y con diferentes velocidades, ocurrirá que los cambios en la relación w/p podrán reflejar escenarios y tendencias para nada unívocos en cuanto a su valoración.

Veamos, por ejemplo, que entre 2000 y 2001:

- El PBI cayó 4,5%

- La tasa de empleo disminuyó del 36,5% al 34,5% (medido en las ondas de Octubre de la EPH)

- El Ingreso real promedio de los ocupados se achicó el 2,8% (también Ondas Octubre de la EPH)

Y sin embargo la participación de la masa salarial en el PBI pasó del 40,5% al 42% (serie INDEC). ¿Aplausos? Ja! Se venía la hecatombe…

Tampoco los períodos de bonanza garantizan nada. Entre 1996 y 1997, el PBI creció un considerable 8,11%, pero la relación w/p bajó del 37,5% al 37,1%, una ligera disminución pero disminuciónal fin. ¿Qué pasó? La tasa de empleo subió un punto y medio, del 35,3% al 36,9%, pero el ingreso real promedio de los ocupados cayo 0,2%. (Non compensarum)

Para ir concluyendo –y no extendernos demasiado, porque todavía tenemos bastantes Datos Duros para jugar- vamos a ver qué pasa si cruzamos

- las variaciones del PBI, con
- las variaciones en la participación de los salarios en el PBI (w/p)

Esto es (click sobre la imagen para ampliar):




Clave de lectura: en el eje derecho tenemos la variación porcentual del PBI, y en el eje inferior la variación en la relación w/p. Cada puntito representa lo que pasó en cada uno de los años para los cuales se dispone de alguna estimación.

Aclaración metodológica: de todas las series que teníamos tomamos los tramos no superpuestos o de mayor extensión. Están ahí, entonces, BCRA (1951-1973), Llach Sánchez (1975-1980), CEPAL (1981-1987), e INDEC (1994-2006).

Bien, tenemos ahí todo lo que puede pasar con las variaciones del PBI y de la participación asalariada en el mismo. Claramente, y como era de esperarse, no hay tendencia ni sesgo alguno.

No obstante, podemos apreciar lo siguiente, de 49 años que tenemos registrados en el gráfico, hubo:

– 19 veces en que aumentaron tanto el PBI como la relación w/p

– 17 veces en que aumentó el PBI pero cayó w/p

– 9 veces en que disminuyeron ambos

– 4 veces en que cayó el PBI pero aumentó w/p

Si lo viéramos en términos probabilísticos, diríamos que cuando el PBI crece hay prácticamente 50 y 50 de posibilidades de que aumente o disminuya la relación w/p. Y que en años recesivos tenemos 70 a 30 la posibilidad de que w/p caiga. De todos modos, como las disminuciones de w/p han sido bastante más brutales que las recesiones, estamos como estamos.

Nos fuimos un poco de tema, pero la perogrullesca moraleja de tantos Datos Duros sería que el crecimiento económico no es en absoluto garantía de que la torta vaya a ser mejor repartida. Y que el aumento en la porción de la torta apropiada por los asalariados puede ir acompañada también de muy malos y recesivos augurios.

Por último –e importante para los Datos Duros que tenemos en el horno- la participación asalariada en el producto nada –absolutamente nada- dice sobre cómo se reparte la porción de torta al interior de los asalariados, ni cuán desigual puede ser en el conjunto de la sociedad. Dentro del segmento de los trabajadores asalariados, como es fácil de imaginar, podemos encontrar enormes disparidades. Sin ir más lejos, basta con explorar la sola diferencia promedio que encontramos entre los ingresos de los asalariados “en blanco” y los “en negro”. O como diría un amigo: “sí, pero entre los asalariados están, tanto el CEO de Techint como el pibe que le baja los cajones del camión al verdulero de mi cuadra”. Claro. Y, considerando el excedente, entre los empresarios que se llevan el resto de la torta –acotaríamos nosotros- están tanto Rocca, como ese mismo verdulero que la yuga parejo con el pibe.

Conclusionísima: no tomar aquel fifty-fifty –que la historia nos legó- como un fetiche (lo decimos contradiciendo al Néstor, total en el café literario no leen este Blog). Vamos a encontrar combinaciones muy diversas entre distintos niveles de w/p y de desigualdad. Eso, jé, es lo que se viene.

Porciones de torta y prolegómenos para un debate

Como al Srinivasa original –y capo en serio, no como nosotros- pareciera que durante una inédita y reparadora siesta de sábado la Diosa Namaghiri nos hubiera soplado algunas cosas al oído.

Ya tenemos en claro la idea y el hilo conductor de cierta nota de 6.000-7.000 caracteres que tenemos que escribir para cierta publicación, y por si fuera poco, cómo arrancar con una introducción / presentación / prolegómeno para los Datos Duros que venimos cocinando y queremos poner aquí en el blogín.

La distribución del ingreso es La Cuestión, no podía ser de otra manera. Encima ahora tenemos nuevo teclado y nuestro dedos aletean tipeando con la soltura de un velocista de 100 metros llanos.

La cuestión es así: allá entre 2003-2005 participamos en extendidos, agotadores, muchas veces insustanciales, pero también imprescindibles debates sobre la naturaleza de Gobierno del Néstor. Que sí, que no, que no cambia nada, que es una transformación revolucionaria en ciernes. Que es compañero, que fue cómplice de la porquería, que no convoca a la gente a llenar la calle para bancar el avance, que no hace reuniones de gabinete. No vamos a detallar más, no hace falta; ni tampoco comentar el saldo de tanta tertulia. En cuanto al propio, quien haya leído algunas de nuestras pasadas notas intuirá fácilmente nuestra valoración.

Entre tanta discusión sobre tanta cosa, un ítem se nos fue cristalizando, a modo de duda, de pregunta, de incógnita, de desafío a la curiosidad congénita que –tratándose de Datos Duros- nos anima. La Distribución del ingreso, no podía ser de otra manera.

Una fórmula oída –pronunciada con suficiencia taxativa- nos quedaba dando vueltas: todavía no cambió nada, estamos congelados en la crisis. Sí, sí, está esto y aquello, mejoró esto y lo otro, qué copado que Zaffaroni vaya a la Corte Suprema y cómo deben temblar las sotanas, sí, sí, muy bonito pero ¿la distribución del ingreso?

Quizá porque tenemos alguna predilección / inclinación / propensión por “estos asuntos de economía y finanzas”, quizá porque hemos tenido una formación que nos hizo amigos de los números, alguna vez un amigo nos preguntó “che, flaco, vos que andás en esas cosas ¿será muy difícil conseguir data del tema?”.

Era el empujoncito que restaba para vencer nuestra inercia –también congénita- y arrojarnos de cabeza dentro de una temática que –en aquel entonces- nos era algo ajena. Algo tocábamos de oído, por demás claro, pero con “zamba de mi esperanza” y cuatro acordes no alcanza para animar ninguna fiestita. Eran las postrimerías de 2005.

Por ese entonces nos cambiaron muchas cosas, en personal, en lo personalísimo, en lo laboral y en lo político. Vale decir, el aporte de una mirada medianamente fundada sobre La Cuestión era ciertamente relevante, podía incidir –eso pensábamos- en ciertos rumbos, de ciertos agrupamientos políticos, en cierto trayecto de devenir de apoyo-crítico-con-muchos-reparos-y-conservando-total-independencia-de-criterio hacia el más puro oficialitis usted-ordene-señor-sí-señor. Las cosas no lo fueron tanto, ni los tránsitos llegaron a transitarse así. Pero al cabo –¿efectos de la redistribución? ¿suerte? ¿mérito?- resultó que salimos de un ostracismo laboral ya odioso y pudimos distraer algunas horas-hombre para dedicarlas a La Cuestión. Como veníamos de cero, y nuestro entusiasmo era mayúsculo, los rendimientos fueron crecientes y muy.

Veníamos con tal prejuicio, mentado líneas arriba: todo bien, pero estamos congelados en la poscrisis. Quizá necesitemos décadas para recuperar lo perdido, ni qué hablar de volver al paraíso!

Allí fuimos, con la desventaja de arrancar de cero, y con la ventaja de carecer de prejuicios acedémicos. Aquí le llamamos desfachatez metodológica, alegremente aprendida en el estudio de la única ciencia en la que, todavía, estudiar es en sí una incitación a la libertad del pensamiento.

Husmeamos en los más diversos lugares, revisamos nuestros libros, fuimos a la búsqueda de otros y recopilamos pacientemente muchos números. Nos asomamos a algunas peliagudas controversias. Dudamos de algunas fórmulas y dedujimos las nuestras, sólo por la terca desconfianza aprendida, y para concluir al fin que coincidían ambas. Hicimos cuentas y cuentas. Las repetimos para constatar que estaba todo correcto. Y nos llevamos una gran sorpresa.

La sorpresa fue la pronunciada y sostenida reducción de la desigualdad –medida por el Indice de Gini, brechas, distribuciones, etc.- desde la crisis hacia aquí. Entonces… el Néstor redistribuía!!! Sí, veníamos del abismo, pero claramente, la contundente evidencia de los Datos Duros nos indicaba que no nos habíamos congelados en las profundidades regresivas de la poscrisis.

Lo que encontramos nos desmentía con una claridad formidable la idea de que, podían recuperarse muchos de los indicadores laborales y sociales más golpeados durante la crisis, pero que nada podíamos esperar de reducir la desigualdad. No podíamos quejarnos de que a los rico$ les fuera muy pero muy bien, porque a los más pobres les estaba yendo, dentro de todo, bien. El modelo derrama, algunos se enriquecen a demasiada velocidad, qué le va a hacer. Lo importante es que disminuya la pobreza y la indigencia, etc., etc.

Pues no. La Argentina del Néstor era menos desigual que la Argentina de Duhalde, de De la Rúa, y hoy lo es menos todavía que la Argentina de Me#em. Paradojas, mitos, discursos, percepciones… estos eran Datos Duros. Y quizá nuestra intención, no del todo conciente, al meternos en La Cuestión, era constatar el congelamiento de la regresivamente desigual Argentina poscrisis. Ese día nos sentimos kirchneristas. Otros necesitaron mucho menos, otros muchos más, algunos sonreirán con rictus de superioridad escéptica, qué más da. Si haciendo cuentas vemos que p -> q, y nos consta la veracidad de p, no nos queda otra que asumir que q es cierto.

[personalmente, creemos que –considerando el páramo en que quedaron millones de argentinos- el primer criterio a tener en cuenta para valorar una gestión gubernamental es su capacidad para rescatar a esos millones y repartir más y mejor los frutos de la mano invisible.]

Eran datos del 3º trimestre de 2005, cuando paradojalmente hubo un picotazo regresivo. Esto es, brechas, ginis, y demás, incrementaron sus valores de manera notable, desviándose patológicamente de la tendencia. Nosotros lo atribuímos –hipótesis provisoria- a efectos del “rebrote inflacionario” que signó los postreros días de Roberto Lavagna en el sillón de Miranda. Más acá, amigos que trabajan en la República Perdida nos comentaron que ese fenómeno lo habían cifrado en uno de esos azares del diseño muestral, que esa medición atípica había captado algo así como una sobrerrepresentación de hogares de altos ingresos. Fin del misterio.

[Aquí mi memoria se aclara y recuerdo que tal picotazo había suscitado algún debate público donde la malhadada ministra Felisa hacía malabares chinos, capciosos e inconsistentes, tratando de desestimar la captación de ingresos de la EPH. Y luego sobre el tipo de distribución a partir de la cual calcular el Gini. Esa ocasión también fue disparadora de nuestra incursión en La Cosa. Pero nos vamos adelantando.]

En ésas estábamos, e imprimimos un bodoque de informe –olvidable- con los resultados de nuestras indagaciones: nadie nos creyó, ni siquiera nuestros amigos. Convengamos, además de bodoque era una lectura árida y poco amigable. Quizá siquiera hayan llegado hasta el final, donde estaba lo más jugosito que eran las conclusiones (un día las copio y pego, porque en verdad que esmeramos mucho nuestra escritura en esa labor, y sería una pena que queden tan olvidadas).

[Dejamos sentado que algunos hubo que sí creyeron, fueron contados holgadamente con los dedos de una mano.]

Con el tiempo, más prensa y en voces de más prestigio, La Cuestión fue adquiriendo mayor visibilidad mediática. Algunos se sorprendieron, “viste, che? Fulano también dice que la cosa va mejor, ¿cómo decís que se llamaba el índice ése?” (¡ingratos y tercos impíos! Desde aquí los maldecimos por tres generaciones y será que sus hijos adoptarán parcialidades futbolísticas simétricamente enfrentadas a las propias).

Pero como nada en la vida evoluciona sin saltos, hubo un argumento que nos descolocó, tanto por su contenido, como por provenir de quien provenía. Suscintamente en una conversación que circundaba La Cuestión nos espetaron: “todo eso de los estratos es mentira, es un invento del Banco Mundial que nos vendieron en los noventa. Lo que importa es cómo se reparte la torta entre trabajadores y empresarios” (¿¡¿¡!?!?).

Agraviados por semajante desdén a un trabajo en el que habíamos empeñado bastante pasión, sorprendidos por la liviandad con que ciertos dirigentes políticos sustentan algunas de sus posicionamientos, incrédulos ante tamaña desmesura, aún desafiados porque se nos hubiera escapado el sencillo expediente de buscar correlaciones entrambos enfoques, nos fuimos mascullando, puteando por lo bajo y jurando venganza.

Allí fuimos. En La República Perdida aún no habían comenzado a publicar la serie de la Cuenta de Generación del Ingreso, atisbamos la enorme indigencia estadística sobre distribución funcional del ingreso, nos encontramos con la última estimación no oficial –metodológicamente respetable, no como otras- la cual llegaba hasta 2004. Intentamos estimar su evolución al 2005. Constatamos que la cosa venía bien.

Bueno, aquí estamos. Es una resumida historia de nuestra afición por La Cuestión. Y es un recuento de buena parte de los motivos que nos animaron a iniciar este Bloguín. La escasez relativa de espacios de debate político y económico –públicos, abiertos, honestos- sobre la actualidad de la temática, la disposición de un cúmulo de Datos Duros producida con bastante esfuerzo, la visceral necesidad de multiplicar su acceso más allá de los circuitos consabidos. [sobre esa escasez, el Escriba, Lucas, Manolo, Jorge Y. de la G., Mendieta, los Bárbaros, el Lic.Baleno, entre otros, han dicho cosas más que interesantes, y más de lo que podemos balbucear nosotros]

Nos fuimos lejos por las ramas, y esto terminó siendo una suerte de desordenada “presentación” del Bloguín, cosa que nunca hicimos, ni nos habíamos siquiera propuesto, pero ya está. Enhorabuena.

Tanto prolegómeno, finalmente, para terminar con algunas preguntas que entre tanto número, nos fuimos planteando, respondiéndonos provisoriamente algunas y ampliando otras, sustentándose siempre en la puridad de los Datos Duros.

Así es que:

+ Qué correlación hay –ha habido- entre desigualdad de ingresos y distribución primaria

+ Cómo incidieron en la caída de los índices de pobreza la recuperación de los indicadores del mercado de trabajo

+ Cómo se relacionó la disminución de la desigualdad con ello

+ Qué ha significado la reducción de la desigualdad en términos contantes y sonantes ($$$!!!)

+ Cómo se explican los disímiles trayectos de los diferentes indicadores de desigualdad que usualmente se emplean

+ Cuáles son los límites de tal mejora social dados los supuestos del actual modelo

+ Cuáles son algunos de los problemas emergentes del nuevo mercado de trabajo

Bien, muy rimbombante, pretensioso y demás calificativos. Va de suyo, no somos mandrakes ni pretendemos tener la posta de todas las cuestiones enumeradas (aclaramos por si acaso), tan sólo contamos con algunos Datos Duros que, más que cerrar debates, multiplican las preguntas.

Valga como anuncio de lo que tenemos entre manos, y si ha resultado muy autorreferencial es que no nos ha quedado otra, diríamos más, redoblando la posible caracterización: que esta escritura nos ha resultado más precisamente catártica.

Saludos y nos vemos en la semana.