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El auténtico diario del bicentenario

Por el amigo Raúl Degrossi

Recién llegado de Buenos Aires de participar de los festejos del Bicentenario, vuelco mis impresiones de lo vivido a partir del domingo (que fue cuando llegué con mi familia), y tengo que empezar por decir que hubo una cantidad impresionante de gente, por los menos todos los días que nosotros estuvimos.

No obstante, seguramente el número estimado por Moreno y el Indec estará inflado, así que voy a esperar los datos de las consultoras privadas, que como todos sabemos, son los únicos serios.

Nos encontramos allá con unos amigos que tienen una hija estudiando en la UBA, y por eso lo primero que hicimos fue ir a su departamento para picar algo antes de ir a los actos. Las mujeres fueron a comprar algo a un Coto cercano, y cuando vinieron entendí el concepto de dieta disociada: en las milanesa el pan iba para un lado, y la carne para otro, seguramente a mitad de camino entre el súper y el departamento.

Terminamos de comer y nos tomamos el subte con rumbo a la 9 de Julio, y al llegar (ante lo que esperábamos fuera un clima de crispación) nos encontramos con una grata sorpresa: cerca del edificio del Ministerio de Desarrollo Social flotan globos alegóricos de una locomotora, un dinosaurio y una ballena. Es evidente que Pino Solanas, Ernesto Sanz y Lilita Carrió dan el presente, pese a sus diferencias con el gobierno.

Emociona ver largas colas en los stands de las Madres y las Abuelas, y en éste último una nena no logra convencer para entrar a su abuelo que la lleva del brazo, y que tiene un parecido increíble con Suárez Mason.

Comienza el desfile de las colectividades extranjeras, y claramente se destaca entre todas la boliviana por su número, alegría, organización. Como bien dice la locutora, trajeron a la Argentina su espíritu de trabajo y sacrificio, ese que según De Angeli es patrimonio exclusivo de los que toman vermouth en el bar del pueblo, mientras llaman por celular a ver a cuanto cerró la soja.

Pasa la colectividad china, ataviada con sus trajes típicos: las mujeres con atuendos parecidos a los kimonos, los hombres con camperas de cuero y celulares apurados por abrir el súper. En las colectividades austríaca y alemana (que desfilan juntas) hay algunos brazos en alto en una posición equívoca, y los integrantes de la colectividad griega ensayan una extraña danza: la música es de Zorba, pero los que desfilan pasan la gorra entre el público.

Aunque está empezando a llover y parece que la tormenta vendrá con todo, decidimos quedarnos hasta el final del desfile para ver pasar a la colectividad de Venezuela. “Tenemos que hacerle el aguante a Chávez” pensamos todos. Al final pasan ocho o diez bailarines seleccionados por Catherine Fullop.

Y pasa lo que tenía que pasar: los ruegos de Bergoglio al Señor de las Cosechas tienen éxito (y eso que todavía no empezó el Te Deum) y se desata una lluvia descomunal.

Todos empiezan a correr por las calles tratando en vano de no mojarse, y yo me empapo por completo incluyendo el jogging nuevo que me compró mi mujer dos días antes para estrenarlo en el viaje, y las zapatillas viejas que llevé yo para caminar cómodo. “Sonamos”, pienso, “no tengo pilchas para el acto del Colón de mañana.”.

Tratamos en vano de entrar en el subte pero un amontonamiento impresionante nos los impide. Pienso para mí: “qué oportunidad desperdiciada por la comisión interna para lanzar un paro sorpresa, y acumular fuerzas en la base social para lanzar el argentinazo”.

Al día siguiente (cambio de ropa mediante) rumbeamos para Plaza de Mayo, y de pronto sucede algo que desmiente el lugar común de que el kichnerismo (al igual que el primer peronismo) divide a las familias: en la mismísima Casa Rosada me encuentro a mi suegra, que viajó con mi cuñada la noche anterior.

Comenzamos a caminar por la Avenida de Mayo hacia la 9 de Julio y en la primera cuadra mi suegra se para a sacarse una foto con los Patricios. Aprovecho la oportunidad y la convenzo a mi mujer de separarnos y seguir viaje, “tu mamá no va a parar hasta sacarse fotos con todos los miembros de la Primera Junta, y nos vamos a demorar un montón” le digo y nos vamos.

En el Paseo del Bicentenario comienza el desfile de los autos antiguos y uno de ellos, que no logra ponerse en marcha, es superado por los otros en la línea de largada: parece que el reutemanismo ha decidido sumarse a los festejos.

En el mismo desfile, recuerdo aquel programa de Cha Cha Cha cuando Alfredo Casero hablaba de la primera brigada de motociclistas con problemas de encendido: el conductor de una moto con sidecar (increíblemente parecido a Pino Solanas) lucha por lograr ponerla en marcha.

Pasan varios colectivos antiguos en estado impecable, diría que mejores que los que andan por acá por Santa Fe, todos los días. El revanchismo montonero del gobierno no pierde ni siquiera esta oportunidad para colar su política de derechos humanos: no hay ningún Falcon verde.

Empezamos después a recorrer los stands donde se muestran cosas típicas o representativas de cada una de las provincias: frutas gigantes en el de Río Negro, la Casa de la Independencia en el de Tucumán, la maqueta del Puerto de la Música en el de Santa Fe.

Contra lo que yo esperaba, en el de San Luis no hay platos voladores, pero en el de Chubut un dinosaurio (un ejemplar de Dasnevesraptor supongo) muestra sus dientes al kirchnerismo

La lluvia de la noche anterior hizo estragos, y en el stand de Neuquen unos pibes se afanan por volver a poner de pie a un dinosaurio de goma espuma completamente empapado: el intento es tan vano como el de relanzar la candidatura presidencial de Sobisch.

Volvemos al hotel en busca de un par de piernas de repuesto, y porque quedarnos a ver en pantalla gigante el partido de la Selección contra los oficinistas de la embajada canadiense que te hacen el trámite de la visa, parece una alternativa poco emocionante.

Decidimos ir al acto del Colón, en nuestro humilde aporte al diálogo y al consenso, y a las tres o cuatro cosas en las que nos tenemos que poner de acuerdo los argentinos.

Cuando estamos llegando, nos cruzan un señor mayor y dos mujeres también grandes, él trajeado y ellas dos con vestidos negros de fiesta que se dirigen indudablemente a la gala. Los intercepta una mujer que vende escarapelas “a dos pesitos, vamos, a ponérselas que todos somos argentinos”, les dice para convencerlos. Los tres la miran con una mezcla de asco y horror, seguramente pensando: “nosotros no compartiríamos con usted el mismo planeta, no ya el mismo país”.

Pasa un tipo con la mujer llevando sillones para sentarse a ver el acto: o no esperaba la repercusión popular que tuvo, o son de la embajada del planeta Xillium, enviados por Rodríguez Saá.

Empieza el acto, que no se puede apreciar totalmente porque no se entiende el guión que lee un locutor de voz algo gangosa: hay quienes dicen que, en su afán de capitalizarlo políticamente, el mismísimo Macri ha tomado el micrófono.

Hay un helicóptero sobrevolando el Colón, ¿será De La Rúa que se va antes del final de la función, o Hadad que piensa entrar a ocupar su palco levantando el techo?

Desde donde estamos no se alcanza a ver claramente el escenario en el que hay cuadros de baile, pero me consuelo pensando que ver a Ricardo Fort en calzas no es algo que uno vaya a echar de menos; y en las imágenes que se proyectan sobre la fachada del Colón se hace un repaso de las grandes figuras de la lírica mundial: sorprende no ver en la galería a Iliana Calabró.

Mucha gente (con indiscutible aire de votantes del PRO) se empieza a ir desilusionada, seguramente porque en el acto Macri no hace su conocida imitación de Freddy Mércuri.

Una mamá intenta explicarle a su hijo de tres o cuatro años (que carga en brazos y se está durmiendo) la importancia del evento con algo así como: “mirá Facundito, no te podés perder esto que es re importante sabés, esto es el Teatro Colón y estuvo cerrado y ahora lo reabren, bla, bla,...”.

El pibe sigue haciendo esfuerzos enormes para sostener la cabeza, y es muy probable que en el futuro se sume a Al Quaeda y organice una serie de atentados con bombas contra teatros de ópera en todo el mundo, los traumas de la niñez suelen ser muy fuertes.

Una señora trata de abrirse paso entre la multitud diciendo “permiso, tengo que llegar a Retiro”, el argumento suena tan poco creíble como si dijera “disculpen, pero me cierra el canje de bonos de la deuda, tramo minorista”.

El acto es una típica postal del macrismo: imágenes proyectadas sobre una fachada. De todos modos, lo raro es que en un acto organizado por el PRO, no se escuche bien.

Termina el acto y una marea humana pugna por encontrar un lugar para comer, yo (experto en estas lides) les aconsejo a mi mujer y mis hijas”: “no hay que resistirse, hay que dejarse llevar y ver donde te dejan”.

Reviso mi teoría cuando la ola nos deja en la puerta de un restaurant donde un bife sale 68 pesos, y una parrillada para dos, 140, y espero la próxima que nos deposita enfrente, justo donde hay una promo de una muzzarella y dos cervezas por 48 mangos.

Nos sentamos a comer y mi mujer llama por el celular a mi suegra para decirle donde estamos, cuando llegan con mi cuñada se sientan en la mesa de al lado y piden una pizza. El paro de Barrionuevo se hace sentir: demoran como cuarenta y cinco minutos en traérselas (juro que yo no tuve nada que ver).

Como no tenían lugar en nuestra mesa, se sientan en la de al lado en los lugares que les ofrece un matrimonio que no los ocupaba. El tipo le da charla a mi suegra porque la ve que andaba con un prendedor de Evita y la mantuvo entretenida todo el tiempo. Después me entero que era radical, lo cual confirma que, entre tantos, alguno tenía que servir para algo.

Cuando volvemos a la calle, una gorda se queja amargamente al marido y a los hijos que se fueron y la dejaron sola “mientras los 5000 negros me tocaron el orto y me apoyaron”. La miro y pienso en consolarla diciéndole que, por una cuestión de volumen, seguramente fue involuntario y sin intención, pero no lo hago: temo que lo tome a mal.

Como estoy con mi señora y mis dos hijas les preguntó si a ellas les pasó lo mismo y me dicen que no. No muy convencido de la respuesta, no se si atribuirlo a la caballerosidad del público, o al hecho de que todos estamos con el cuerpo completamente insensibilizado de la cintura para abajo.

Volvemos a la 9 de Julio buscando lugar cerca del escenario principal cuando están tocando Los Kjarkas, (tengo que explicarle a uno que no son kirchneristas garcas) y para estar ahí cuando todos cantemos el himno a las doce de la noche.

Cuando termina de cantar la Sole, se arma el desbande y mientras empieza el espectáculo de tango vamos buscando la salida, y cuando llegamos al cruce con Sarmiento (la calle, no el prócer) lo encontramos a Mariotto (este sí, en camino de ser un prócer), al que apenas alcanzamos a saludar antes que una columna de fans de 6 7 8 se lo lleve puesto con rumbo desconocido.

La misma ola se lleva a mi suegra, así que cuando vuelva a Santa Fe prendo Canal 7, a ver si aparece de panelista en el programa, y aprovechamos el vacío que se genera para acercarnos a hablar con Filmus (ya que Sarmiento no estaba), que parecía francamente emocionado.

Cuando volvemos al hotel, pasan por la tele imágenes de los presidentes extranjeros que vienen invitados a los festejos, y cuando aparecen Zelaya y su mujer, la mía insiste en que están alojados en el hotel que estamos nosotros, y que ella se los cruzó en el ascensor.

Yo le digo que una cosa es que lo hayan derrocado, y otra que además le hayan confiscados los bienes dejándolo en la calle, y sin guita para pagar otra cosa.

Nos dormimos después de ver las imágenes de la gala del Colón, con Ricardo Fort con un traje de luces que reíte de Dominguín o Manolete, y Susana con cara de estar pensando (dado que la función que daban era “La Bohemia”): “¿para qué nos mostrarán la vida de una hincha de Atlanta?”.

El 25 de mayo amanece con un sol esplendoroso, como dice la canción, desmintiendo aquello de que los días peronistas eran el 1º de mayo y el 17 de octubre.

Antes de salir prendemos la tele, y Gastón Recondo opina (ante el comentario de otro panelista que destacaba la ausencia total de episodios de violencia en los festejos) que eso pasa cuando la gente va espontáneamente a los actos.

“Sí”, pienso yo, “como por ejemplo el 19 y 20 de diciembre del 2001”. ¿Nace un nuevo cientista social, un agudo analista de la realidad nacional para reemplazar a Guinzburg, y suplir el ostensible declive de Lanata y Pinti?

Allí comentan el acto que en el acto del Colón de la noche anterior uno de los dos únicos gobernadores presentes fue Binner, que se ve que se ha tomado en serio eso de tener completo el carnet de vacunación contra el populismo, no le falta ninguna dosis: desde el coloquio de IDEA a Expoagro, el tipo no deja pasar una.

Decidimos ir caminando por Callao y cuando llegamos a la plaza enfrente del Congreso, hay un acto de los pueblos originarios, y más allá, en la Plaza Lorea, se congregan (bueno, es un decir) grupos de izquierda del MST, el PO y la CCC. Un cantautor confundido (seguramente escindido de la Plaza Lorea) se apodera del escenario montado en Plaza Congreso para cantar un tema dedicado a Severino Di Giovanni.

Viendo la concurrencia (sobre todo en la Plaza Lorea) y escuchándolo, me doy cuenta de algo: lo de las izquierdas no será la política de masas, pero la rima y la métrica, menos.

Cuando llegamos a la 9 de Julio, aviones militares pasan en vuelo rasante y pienso: “cagamos, se levantó otra vez la Marina como en el 55’, y sí, mucho tiempo no se iban a bancar este tema de los derechos humanos”, pero enseguida me doy cuenta como viene la cosa: Cristina se pudrió de los agravios de Macri y mandó a bombardear el Colón. Igual, espero que Piñeyro no tenga razón y se caigan sobre nuestras cabezas.

Nos dirigimos hacia uno de los escenarios, donde se va a presentar la delegación musical de Santa Fe, que en realidad resultó ser una embajada de Rosario, con Los Palmeras como artistas extranjeros especialmente invitados.

Baglietto tiene menos aire que el Chacho Coudet, y Lito Nebbia hundiría la balsa si se subiera ahora, pero los dos le ponen onda y contagian a la gente, sobre todo el primero cuando canta el tema que es cortina musical de 6 7 8 (todo un dato a tener en cuenta).

Entre los dos, aparecen propuesta vanguardistas: dos xilofones (me corrigen y me dicen: “no seas bruto, son marimbas”) y otro dúo de bajo y salero/pimentero, con música que perfectamente podría ser usada por el Coprosede para prevenir disturbios los sábados en las canchas del ascenso.

A mí me parece que, si con ese día y en ese marco la gente alrededor bosteza y se empieza a ir, hay algo que no camina, menos aun cuando suben al escenario Los Palmeras, y los primeros acordes de “El bombón asesino” provocan un movimiento migratorio impresionante (un aluvión zoológico diría Sanz) desde todos los puntos del Paseo que virtualmente nos aplasta contra las vallas. Si yo fuera Binner, replantearía las opciones musicales de cara a las elecciones en el 2011.

Nos movemos hacia el escenario principal y conseguimos ubicarnos en el mismo lugar de la noche anterior, y al lado nuestro (al igual que entonces) unos tipos improvisan un puesto de choripanes colocando encima de un carrito de supermercado una chapa sobre la que ponen las brasas y arriba la parrilla.

Después que no me vengan con que en la Argentina no hay clima de negocios, eh.

Lo que si es cierto es que a los actos del gobierno van todos por el chori: la cola empieza abajo del reloj del Banco Ciudad y llega más o menos hasta la bajada de la autopista Illía. De todos modos, esto desmiente las teorías de Sanz: no sólo en droga y juego se van los 180 pesos por pibe, también hay espacio para el Hombre Araña inflable, pero eso sí: del Bicentenario.

Enfrente nuestro, en una especie de cabina o algo parecido, unos pibes tratan de treparse y son subidos por los que están arriba al mejor estilo del palco de Ezeiza, aunque en este caso (sobre todo cuando las que quieren subir son minas) la técnica que prevalece para ayudar al ascenso, es la mano en los fondillos del pantalón (los agarran del forro del culo, bah).

Los que quedan en esa especie de platea privilegiada reciben de lleno y por horas la humareda del puesto de choripanes que está justo abajo, con lo cual después de un tiempo tengo ganas de decirle al parrillero que los diera vuelta para el otro lado que se le iban a pasar, pero lo pienso mejor: a mí tampoco me gusta que otro se meta a darme indicaciones cuando estoy haciendo un asado.

No puedo evitar pensar en lo que debe ser volver hasta Berazategui con alguno de los que están arriba, en un colectivo con vidrios cerrados, y si es hasta Jujuy ni hablar: ya sería como pensar que el choripán es como la revolución: un sueño eterno.

Sorprendido veo a un chino con una remera con la cara de Evita, pienso para mí: “¿los amarillos no eran del Pro?”, y cuando anuncian por los altoparlantes que el desfile esta organizado por Fuerza Bruta, al lado mío alguien dice: “sonamos, D’Elía va a empezar otra vez a los piñazos y seguro viene la patota del Indec con Moreno y “Acero” Cali”, pero le explico de que va la cosa y se tranquiliza.

El desfile de carrozas se demora bastante, y un amigo me pregunta: “¿no estará a cargo del general Alais?”. Otros se quejan porque no entienden las alegorías de las carrozas: esperen a que gobierne Pino Solanas y festeje el centenario de su cumpleaños, y después me cuentan.

Sin embargo, tengo que admitir que la carroza que representa las distintas crisis económicas es algo confusa, ¿quisieron decir que para Martínez De Hoz, Cavallo, Souruille y otros era muy complicado armar planes económicos estando cabeza abajo, o que nos dejaron a los argentinos culo para arriba?.

La continuación del paso de las carrozas se demora y algunos proponen integrar a los que ocupan el recorrido al desfile mismo, concretamente dentro del paragolpes del camión que va adelante. El kirchnerismo paga el costo de no reprimir la ocupación del espacio público.

La ansiedad que hay porque el Congreso vote ya la ley despenalización del consumo es muy grande: al lado mío dos tipos no pueden esperar que salga, y están armando un porro.

Ironías del destino: cuando desfila el cuadro que representa al campo, el tractor que lo encabeza no puede avanzar, porque hay gente que se atraviesa en el camino. Hace dos años vivimos la situación inversa, ¿una alegoría del cambio de humor social sobre las protestas de la Mesa de Enlace?

Por las pantallas gigantes vemos en la 9 de Julio como Cristina baila con la murga que desfila por la Diagonal Norte. Pienso en Mirtha Legrand diciendo: “¡claro, como querés que vaya al Colón si es una negra grasa bailantera!”.

Veo en la misma pantalla la imagen de Kirchner y me resigno: no va a pasar desfilando por acá con el caballo manchado.

Cansados, nos vamos al hotel cuando está terminando el desfile y antes de que empiece el recital de Fito Páez, el heladero del rock, pensando en todo lo que vimos y vivimos.

Desmintiendo rotundamente el lugar común berreta de los medios, se vivieron días de enorme alegría popular sin crispación alguna, salvo la cara de tujes de Bergoglio en su Te Deum, o las quejas de Bonelli por TN (¿tendrá un piércing en la lengua que cada vez se le entiende menos?) por el poco espacio que se le dio en las imágenes del Cabildo a los otros gobiernos democráticos fuera de los de Perón.

Descartado que esté hablando del de Alfonsín (recordado en varios tramos), y con la duda si para él los de Illía y Frondizi eran o no democráticos pienso: “¿se referirá a De La Rúa y Menem?, ¿cómo exponer en un pantallazo la semana de gobierno de Rodríguez Saá?”.

Lo que si es verdad (y es algo a lo que el gobierno nacional tendría que prestarle atención) es que durante varios días Buenos Aires vivió un descomunal, continuo, absoluto y permanente caos en el tránsito, eh.

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Anónimo dijo...

Magistral!!!