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El nuevo modelo (una nota)

Esto es una nota de 10mil y pico de caracteres que nos habían encargado hace un buen tiempo, como a principios de año, para una revista que no llegó a salir. Como el tiempo pasado creemos ya es suficiente, como para que haya prescrito el compromiso de exclusividad, lo ponemos acá para someterlo a la "crítica roedora de los ratones". Esperemos que sea de provecho (y ya pronto se vienen Datos Duros previsionales).

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Nuevo modelo de desarrollo


El discurso dominante ha sido empecinadamente pesimista, y hasta catastrofista, respecto al desempeño económico de los últimos siete años. Pese a ello no puede soslayar la notable –e inédita- performance registrada en cuanto a crecimiento económico, solidez financiera, generación de empleo y mejora de las condiciones sociales. Por cierto, tales éxitos se suelen adjudicar exclusivamente al cambio de precios relativos operado tras la devaluación de 2002, al benéfico ciclo de altos precios de los commodities que exporta la argentina y a la sostenida demanda internacional de los mismos, conjunto éste de factores emblematizado con el término “viento de cola”.

A la vez, el mismo discurso hegemónico, suele negar la existencia y consistencia de un modelo económico. Se suelen enumerar las medidas adoptadas por administraciones sucedidas desde 2003 como un conjunto incoherente, desarticulado, puramente coyuntural y, en general, inapropiado. Más bien como pervirtiendo las potencialidades contenidas en el escenario de la post convertibilidad.

Por el contrario, creemos que desde 2003 se han ido articulando un conjunto básico de medidas y políticas que conforman el núcleo de un nuevo modelo de desarrollo, abierto y perfectible, pero que que explica y determina la exitosa recuperación económica y social verificada en estos años. Por añadidura, este núcleo de políticas se encuadra naturalmente, y recupera la vigencia, de los tres pilares históricos que fundaron al peronismo como movimiento nacional y popular.

La independencia económica, o la economía que funciona sin la necesidad de pedir prestado

El tipo de cambio real (TCR) alto y competitivo -el dólar caro- no fue un elemento dado por la naturaleza, al modo de los fenómenos meteorológicos, exento de la voluntad humana, sino que rquirió de una deliberada y sostenida intervención pública: directamente en el mercado cambiario, mediante la esterilización monetaria, y atenuando la volatilidad del flujo de capitales. Esto posibilitó la recomposición de las condiciones de oferta de los sectores transables, es decir, una modificación de precios relativos que permitió a sectores industriales –inviables durante la convertibilidad- volver a producir con rentabilidad y competir con sus equivalentes extranjeros. Además del impacto sobre el empleo, la inversión y la demanda, el TCR alto revirtió los sistemáticos y persistentes déficits comerciales que signaron la época del 1 a 1, transformándolos en robustos y estructurales superávits que, sumados a la renegociación de la deuda en default, y la estrategia de desendeudamiento, redundaron en el signo positivo de la cuenta corriente: esto es, sistemáticamente, la argentina obtenía más dólares de los que giraba al exterior. De allí el sostenido incremento de las reservas internacionales que resguardaron al país de las históricas restricciones externas al crecimiento sostenido, y de los fantasmas de corridas cambiarias.

Pero con sólo este escenario no era suficiente para que el Estado fungiera como palanca del desarrollo e impulsor de la demanda y la inversión. La Argentina de 2003 era un país hiperendeudado, en default, y con severas restricciones fiscales.

La Soberanía Política, o de cómo el estado recupera la potestad sobre el destino de sus recursos

La reestructuración de la deuda pública –negociada con inusual e inédita firmeza- luego de la cual se obtuvo una fuerte quita de capital e intereses, y el pago con reservas de la deuda que la Argentina tenía pendiente con el FMI, libraron al Estado Nacional de una pesada, onerosa, y formidable carga que ahogaba cualquier perspectiva de políticas públicas impulsoras del desarrollo. La política fiscal pudo ser prudente pero expansiva, es decir, con mayor margen para incrementar el gasto público social y en infraestructura, aunque manteniendo el superávit de las cuentas públicas. La política tributaria, aun sin una reforma integral como la que reclaman sectores del centroizquierda, adquirió un sesgo notoriamente más progresivo que el heredado. Se redujo el peso relativo de los tributos que pagan los trabajadores y asalariados en correspondencia con el incremento de aquellos que tributan los sectores de mayores ingresos: derechos de exportación (retenciones), ganancias y bienes personales, aumentaron su participación en la torta de la recaudación nacional. La prioridad fue hacia la captación de las rentas extraordinarias generadas en diversos sectores de alta productividad, intensivos en el uso de recursos naturales, de escasa capacidad de generación de puestos de trabajo, y especialmente beneficiados por el sostenimiento del tipo de cambio alto.

Esta tríada de políticas tuvo una serie de efectos virtuosos que fortalecieron las bases del nuevo modelo de desarrollo. En primer lugar, como referíamos en el acápite anterior, el desendeudamiento fortaleció el superávit de cuenta corriente, es decir, la argentina disminuyó su necesidad de dólares destinados al pago de su deuda externa, a la vez que fortaleció las cuentas públicas superavitarias. La holgura de las mismas situó al Estado en inmejorables condiciones para impulsar la demanda, por tanto la producción, y por tanto el empleo, y como efecto derivado de ese impulso, incrementar la recaudación tributaria. La mejora de las expectativas que motorizaron el notable ciclo de crecimiento de los últimos años no puede, sin dudas, desligarse del contexto de estabilidad macroeconómica, solidez financiera, y fortaleza externa. La última crisis finaciera -aún en curso- mostró que el balance de daños fue ínfimo comparado con lo ocurrido durante la convertibilidad ante episodios mucho más leves, y aún con países -centrales- que hoy se encuentran atenazados bajo el fórceps del ajuste salvaje.

Sin embargo, con sólo lo expuesto hasta aquí, nada garantizaría que los beneficios del crecimiento sostenido y la estabilidad macroeconómica llegaran a los bolsillos de los trabajadores y de los postergados durante las décadas anteriores.

La Justicia Social, o de cómo el Estado asume la decisión política de laudar a favor de los trabajadores

En el marco del nuevo modelo de desarrollo se verifica un giro copernicano respecto de la persistente y secular regresión que sufrió el mundo del trabajo desde 1975. Luego de largos e infaustos años durante los cuales los despidos masivos, los retiros voluntarios, los recortes de salarios y jubilaciones, la legislación laboral regresiva, fueran los hechos emblemáticos de las políticas públicas dirigidas hacia el conjunto de la población trabajadora, acompañados por políticas sociales apenas compensatorias, el Estado Nacional giró sobre sus pasos y encaró un rumbo sustancialmente distinto.

La profunda reforma del sistema previsional (renacionalización de los fondos de las AFJP), junto a la holgura fiscal y el nuevo escenario macro –en que los sectores industriales ampliaron considerablemente sus márgenes-, brindaron las condiciones de posibilidad para que el Estado pudiera llevar a cabo exitosamente este giro hacia la Justicia Social.

En rápida reseña, las principales políticas de ingresos desplegadas, fueron: la promoción decidida de las negociaciones colectivas entre las representaciones de empresarios y trabajadores (sólo en el bienio 2007-2008, el Ministerio de Trabajo homologó más convenios y acuerdos que durante todos los años de convertibilidad); la recuperada vigencia del Consejo del Salario posibilitó sostenidas alzas del Salario Mínimo (que observa una significativa correlación con la evolución de los salarios informales); los aumentos de asignaciones famliares y la universalización de la asignación por hijo, complementaron la parte indirecta del salario y establecieron una inédita política dirigida a garantizar un umbral de ingresos independiente de la situación laboral; los continuados aumentos de los haberes jubilatorios –asegurados a futuro mediante una ley- y la masiva moratoria previsional comenzaron a saldar la deuda social contraída durante una década de precarización laboral y postergación de los pasivos; el renovado despliegue de planes sociales, aún con los enormes desafíos que supone su implementación, desplazaron su sentido desde la pura asistencia a la reinclusión laboral.

El resultado fue un sostenido incremento de los ingresos populares, realimentando el consumo y la demanda, y de allí la producción y el empleo. La consecuente caída de la desocupación, la subocupación y la informalidad fortalecieron la fuerza de negociación del conjunto de la clase trabajadora.

Sin embargo, como es sabido, y nuestra historia lo testifica abundosamente, el incremento nominal de los ingresos de la población no es garantía del correlativo incremento en su capacidad de compra, es decir del alza real de los ingresos. Era necesaria una específica arquitectura económico-institucional para que los aumentos de salarios y jubilaciones no fuesen evaporadas por la desigual capacidad de que dispone el sector empresario en la determinación de sus precios.

La regulación de sectores claves mediante la combinación de retenciones, compensaciones, acuerdos de precios, establecieron un sistema de facto de tipos de cambio múltiples. Las retenciones atenuaron el impacto inflacionario del dólar caro sobre los bienes transables, y a la vez proveyeron los recursos para instrumentar las compensaciones que redujeran el ritmo de crecimiento de los consumos básicos de los asalariados. Mediante esta arquitectura pudieron conciliarse la rentabilidad de los sectores industriales -que pudieron captar los beneficios del TCR alto-, y el alza real de los salarios, superando los históricos dilemas entre las alternativas de atraso cambiario, con salarios reales altos pero elevado desempleo, y dólar caro, con bejo desempleo pero salarios deprimidos.

Piedra angular del nuevo modelo de desarrollo, este complejo dispositivo no está exento de tensiones, y dificultades en la gestión de los acuerdos de precios y subsidios, pero es menester señalar que todo modelo que efectivamente pretenda establecer mecanismos institucionales redistributivos deberá administrar sus consecuencias. La Economía Política de la Justicia Social, ni aquí, ni en ninguna época, puede estar libre de conflictos, la disputa por la apropiación del excedente adquiere su literal significado cuando éste comienza a beneficiar a los trabajadores.

3 refutaciones:

oti dijo...

Siri, ya no es la hora de ser justificadores.

Si uno mira los antecedentes históricos, ve que la independencia económica se trata de 2 reformas: 1) Sistema financiero -nacionalización de depósitos-, 2) Comercio exterior -creación de empresa del Estado que compra al interior y vende al exterior.

El 1) se hace con el objetivo de que el ahorro local no se fugue ni desperdicie y se aplique a los sectores que el E. considera que deben desarrollarse.

El 2) se hace con el objetivo de que las divisas que se obtienen se apliquen, con estricta racionalización, a las compras de insumos, materias primas que la industria necesita para desarrollarse.

Fijate lo que sucede actualmente:

1) El sistema financiero es libre.

2) El comercio exterior es privado.

La conjunción de 1 y 2 da una fuga colosal de recursos (incluidas importaciones de bienes de consumo) por día, por mes y por año y un desaprovechamiento de recursos enorme.

El Estado argentino está dosificando la distribución de renta agraria (sobre todo sojera) en función de necesidades y urgencias internas, por medio de las retenciones. Y esto lo puede hacer porque la crisis global está generando precios favorables a lo que exporta la argentina.

La capitalización de la renta sojera fue muy poca, yo diría, en relación a lo que sería necesario y conveniente, fue minúscula.

Argentina tiene que tapar los agujeros, que son enormes, por los que se desperdician los recursos todos los días. Sin eso no puede haber las inversiones en infraestructura que se necesitan ni dar empleo formal a más de 1,5 millones de personas.

MAGAM dijo...

Muy bueno el post Sirinivasa, esperemos que los gobernantes actuales, la oposición y los que sea que vengan el año que viene mejoren, estabilicen y hagan más eficiente lo conseguido al día de hoy.

Serenity dijo...

Por Diós. Escrito de esa forma me dan ganas votar a FPV en 2011.

Faltaría enfocar el tema de la inflación, que la administración actual lamentablemente la ningunea, y un poquito más de institucionalismo para satisfacer ese pequeño republicano que todos llevamos adentro, y porque siento que demasiadas variables macro quedan a discreción de muy pocos funcionarios con escasos controles.

Saludos.