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Delito y transferencias de ingresos


Sí, hay impacto, gente pestrigiosa de Colombia al menos dice eso, según se lee en el blog Foco Económico.

El post: Un Efecto Inesperado de las Transferencias Condicionadas: reducciones en la tasa de crimen

Y ante todo debemos señalar humildemente que, una vez más, y en lo que hace a la Argentina fue primicia de [D&D], ver Post1 y Post2.
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Perspectiva Marxista sobre el mercado de capitales



"...Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntito llamado mercado de valores. Lo conocí por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.

Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era una ganga en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston. El ascensorista me reconoció y dijo: - Hace un ratito han subido dos individuos, señor Marx, ¿sabe? Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation" […]

Le di cinco dólares y corrí hacia la habitación de Harpo. Le informé inmediatamente acerca de esta mina de oro en potencia con que me había tropezado en el ascensor. Harpo acababa de desayunar y todavía iba en bata. -En el vestíbulo de este hotel están las oficinas de un agente de Bolsa -dijo-. Espera a que me vista y correremos a comprar estas acciones antes de que se esparza la noticia. -Harpo -dije-, ¿estás loco? ¡Si esperamos hasta que te hayas vestido, estas acciones pueden subir diez enteros! De modo que con mis ropas de calle y Harpo con su bata, corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento. Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permítanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar. Max me llamó una mañana y me aconsejó que comprara unos valores llamados Auburn. Eran de una compañía de automóviles, ahora inexistente. -Marx -dijo- es una gran oportunidad. Pegará más saltos que un canguro. Cómpralo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Luego añadió: -¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son una ganga. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway. -Max -contesté-, no hay duda de que tu connsejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris. Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros. Sin embargo, por consejo de Max, llamé inmediatamente a mi agente y le instruí para que me comprara quinientas acciones de la Auburn Motor Company.

Pocas semanas más tarde, me encontraba paseando por los terrenos de un club de campo, con el señor Gordon […] El día anterior, las Auburn habían pegado un salto de treinta y ocho enteros. Me volví hacia mi compañero de golf y dije: -Max, ¿cuanto tiempo durará esto? Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson. -Hermano, ¡todavía no has visto nada!

Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo.

- No sé gran cosa sobre Wall Street - empecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones?

Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo:

- Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro.

- Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora ¿qué estaba usted diciendo?

Adecuadamente castigado y amansado, respondió:

- Señor Marx, tal vez no se dé cuenta, pero éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane.

Con cierto cansancio pregunté: -¿Cree que es una buena compra?

-No hay otra mejor -me contestó-. Si hay algo que todos hemos de usar son las tuberías. (Se me ocurrieron otras cuantas cosas más, pero no estaba seguro de que apareciesen en las listas de cotizaciones.)

-Eso es ridículo -dije-. Tengo varios amigos pieles rojas en Dakota del Sur y no utilizan las tuberías. Solté una carcajada para celebrar mi salida, pero él permaneció muy serio, de modo que proseguí. ¿Dice usted que desde la India le envían órdenes de compra de Tuberías Crane? Si en la lejana India piden tuberías, deben de saber algo sensacional. Apúnteme para doscientas acciones; no, mejor aún, que sean trescientas.

Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba seguro de que iba doblar su valor en pocos meses.

En los periódicos actuales leo con frecuencia artículos relativos a espectadores que se quejan de haber pagado hasta un centenar de dólares por dos entradas para ver My Fair Lady (Personalmente opino que vale esos dólares.) Bueno, una vez pague treinta y ocho mil por ver a Eddie Cantor en el Palace […] Cantor era vecino mío en Great Neek. Como era viejo amigo suyo cuando terminó la representación fue a verle en su camerino. […]

- Encanto -prosiguió Cantor-, ¿qué te ha parecido mi espectáculo?

Miré hacia atrás, suponiendo que habría entrado alguna muchacha. Desdichadamente no era así, y comprendí que se dirigía a mí.

- Eddie, cariño - contesté con entusiasmo verdadero-, ¡has estado soberbio!

Me disponía a lanzarle unos cuantos piropos más cuando me miró afectuosamente con aquellos ojos grandes y brillantes, apoyó las manos en mis hombros y dijo:

-Precioso, ¿tienes algunas Goldman Sachs?

- Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman Sachs? ¿Una marca de harinas?

Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia mí. Por un momento pensé que iba a besarme.

-¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores.

Luego consultó su reloj y dijo:

-Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156… ¡y a 156 es un robo!

Luego Eddie me palmoteó una mejilla, yo le palmoteé la suya y nos separamos. ¡Amigo! ¡Qué contento estaba de haber ido a ver a Cantor a su camerino! Figúrese, si no llego a ir aquella tarde al Teatro Palace, no hubiese tenido aquella confidencia. A la mañana siguiente, antes del desayuno, corrí al despacho del agente en el momento en que se abría la Bolsa. Aflojé el veinticinco por ciento de treinta y ocho mil dólares y me convertí en afortunado propietario de doscientas acciones de la Goldman Sachs, la mejor compañía de inversiones de América.

Entonces empecé a pasarme las mañanas instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway. Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueaba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y proseguía su continua ascensión.

De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse."

Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presos del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrió hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente.

Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo... se suicidó.

En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía. Si mi agente hubiese empezado a vender mis acciones cuando empezaron a tambalearse, hubiese salvado una verdadera fortuna. Pero como no me era posible imaginar que pudiesen bajar más, empecé a pedir prestado dinero del Banco para cubrir las garantías. Las acciones de Cobre Anaconda se fundieron como las nieves del Kilimanjaro (no creas que no he leído a Hemingway), y finalmente se estabilizaron a 2 7/8. La confidencia del ascensorista de Boston respecto a United Corporation se saldó a 3,50. Las habíamos comprado a 60. La función de Cantor en el Palace fue magnífica ¿Goldman-Sachs a 156 dólares? Cuando la máxima depresión del mercado, podía comprárselas a un dólar por acción.

El ir al desahucio financiero no constituyó una pérdida total. A cambio de mis doscientos cuarenta mil dólares obtuve un insomnio galopante, y en mi círculo social el desvelamiento empezó a sustituir al mercado de valores como principal tema de conversación..."

Groucho Marx, en "Groucho y yo"



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Dos modelos tributarios

Hace algún tiempo nos solicitaron una colaboración para una revista, la consigna de la temática era libre, pero "sobre el modelo", como una "composición tema La Vaca", así que nos lo tomamos literalmente en serio y salió este cuentito.

Las 2 Vacas y los 2 Modelos


En los 90’ trabajaba en una oficina, éramos unos cuántos empleados, y estábamos 9 y hasta 10 horas por días en el trabajo. Pasábamos allí casi tanto tiempo –o más- que en el hogar. Bueno, se trataba de que, en todas esas horas pasadas en el trabajo, pudiéramos pasarlo lo más a gusto y sentirnos como en casa. Para eso necesitábamos que, en todo momento, tuviéramos a nuestra inmediata disposición una serie de cosas. Para comprarlas hacíamos la tradicional Vaca. A ver, comprábamos lo que suele haber en cualquier lugar de trabajo, lo básico: yerba, mates y termos; el dispenser con la garrafa de agua, té, café, azúcar y leche en polvo para cuando consumíamos otras infusiones; la cafetera eléctrica, artículos de limpieza para mantener en orden e higiene la mesa en donde iban estas cosas, detergente para lavar las tazas, trapo para limpiar mesa y escritorios; también un día –como en la vaca sobraba dinero- decidimos pedir en un delivery cercano el plato del día para el almuerzo de todos, cosa que se hizo hábito.

Pues bien, todo esto eran gastos comunes, y se solventaban con la Vaca recaudada. Y a pesar de los contratiempos laborales disfrutábamos de tener a nuestra disposición el mate cuando teníamos ganas de tomar, el almuerzo sin tener que –a cada día- andar viendo en qué lugar comprarlo, ni maltratando el estómago con sánguches deplorables. Yo no me bancaba a la secretaria, y el encargado de impresiones estaba peleado a muerte con el Jefe de Compras, pero eso, al fin y al cabo, son habas que se cuecen en todos lados.

Las cosas fueron bien hasta el Día En Que Todo Se Fue A La Mierda (DEQTSFALM). Ese día todo ocurrió junto y de golpe provocando el desconcierto y la ira de todos. El empleado de la empresa distribuidora de los botellones de agua desconectó el dispenser, y se lo llevó junto con todas las garrafas de agua: hacía cinco meses que se le pagaba la mitad de lo que costaba el servicio, de onda nos había ido acreditando el faltante, pero ya no podia seguir proveyendo el servicio casi gratis. La hora del almuerzo vino con otra mala noticia. El delivery no nos iba a traer la comida, ni ése día ni ningún otro, hacía un mes que no le pagábamos. Tampoco ningún delivery de la zona nos iba tomar un pedido si no pagábamos al contado: la voz se había corrido y resulta que teníamos una robusta fama de bicicletear el pago de lo que comprábamos. Para qué seguir… el almacén de la vuelta donde comprábamos yerba y demáses nos había desahuciado de similar manera. Todo mal.

Las discusiones fueron ásperas ¿qué duda cabe? Y la búsqueda de las causas que nos llevaron al DEQTSFALM fueron proveyendo de algunas soluciones a la vez de iluminarnos sobre lo que había sucedido.

El recambio más importante fue el de Lucio por Olivia, el encargado de juntar el dinero mensual y realizar los pagos a los diferentes proveedores de servicios y suministros. A poco las cosas se fueron acomodando. Se fueron saldando las deudas y Olivia, criteriosa e inflexible, definió que todo pago se hiciera al contado, evitando el fiado y la acumulación de deudas. También cambió algunas cosas importantes que antes se habían dado por establecidas. Antes todos poníamos $ 25 por mes para la Vaca. Y claramente eso no alcanzaba, además –fue descubriendo Olivia- habia algunos vivos que se hacían los osos a la hora de pagar, decían “ahí te dejé la plata en la cajita” pero no habían dejado ni minga, o dejaban menos que los $ 25 acordados. Olivia fue cambiando eso. Yo ganaba $800 y un día Olivia me dijo que tenía que poner $ 24. La razón no es que gastábamos menos, sino que desde ahora había que aportar $ 3 por cada $ 100 de sueldo. Entonces Paola, que tenía un sueldo de $ 3.000 –y la muy taimada siempre se escabullía o ponía menos plata, engañando a Lucio- ahora tenía que poner $ 120.

Oivia estableció un sistema contributivo proporcional, nada revolucionario, pero que hacía cumplir, y altamente redistributivo, porque los consumos y servicios que se compraban eran usados por todos los de la oficina, por igual. Así en poco tiempo levantamos los muertos que habían dejado la insolidaridad de algunos y el desmanejo de Lucio. Cambiamos la cafetera eléctrica y compramos un horno microondas. Además del buen almuerzo, los Lunes venían con facturas mañaneras, y para la cena de fin de año, hasta alcanzaba plata para pagar el restaurant donde nos juntamos.

Por cierto el Jefe de Compras se llevaba bastante peor con el encargado de impresiones, y Paola andaba con una cara de culo tremenda. Incluso la quisieron correr a Olivia y poner otro encargado de hacer la Vaca y las compras mensuales, pero una cosa era la organización de la oficina, y otra lo que disponíamos entre todos para nuestro bienestar diario en el trabajo. Yo la re banqué a Olivia, aunque no nos lleváramos muy bien y a veces me molestaba su manera de expresarse, sabía muy bien quién había puesto las cosas en orden y mejorado muy mucho ésas cosas que hacen llevadero y saludable el lugar de trabajo. Sobre todo, no me olvidaba del DEQTSFALM, y cómo, desde Olivia en adelante la Vaca era mucho más grande: ésa diferencia en el tamaño de la Vaca se debía nada menos a que había gente que antes no pagaba, y ahora sí lo hacía.

Le damos la bienvenida...

...tarde, pero seguro, al blog de un viejo amigo de la casa



Le deseamos un feliz despegue y sobrevuelo.
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Instrucciones para el debate político

Estimados visitantes de este polvoriento rincón de la blogoesfera, en estos tiempos de agitación, en que tanto campea la razón de la sinrazón, y la retórica del odio, les dejo de pasada estos elementales pero desoídos criterios para establecer intercambios de opiniones.



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